era un gran conde, el Fitzgerald Mor. Eran unos tíos de cuidado todos ellos, los Geraldinos.
Los caballos que pasó se sobresaltaron nerviosos bajo sus arneses flojos. Dio una palmada en un anca overa que temblaba cerca de él y gritó:
—¡Guau, hijito!
Se volvió hacia J. J. O’Molloy y le preguntó:
—Bien, Jack. ¿Qué pasa? ¿Cuál es el problema? Espera un momento. Cálmate.
Con la boca abierta y la cabeza muy hacia atrás, se quedó quieto y, al cabo de un instante, estornudó ruidosamente.
—¡Chao! —dijo—. ¡Maldito seas!
―El polvo de esos sacos —dijo amablemente J. J. O’Molloy.
—No —jadeó Ned Lambert—, cogí un... catarro la... maldita sea... anteanoche... y hacía un frío de mil