―preguntó―. ¿Y bien? ¿Qué daño hay en eso?
Se sacudió la tensión con nerviosismo.
―Y la muerte qué es, preguntó, ¿la de tu madre, la tuya o la mía propia? Solo viste morir a tu madre. Yo veo a la gente espicharla todos los días en el Mater y en el Richmond y destriparlos como a callos en la sala de disección. Es una crueldad animal y nada más. Sencillamente no importa.
No quisiste hincar las rodillas para rezar por tu madre en su lecho de muerte cuando te lo pidió. ¿Por qué? Porque tienes dentro la maldita vena jesuita, solo que inyectada al revés. Para mí todo eso es una burla y una infamia. Sus lóbulos cerebrales no funcionan. Llama al médico Sir Peter Teazle y arranca ranúnculos de la colcha. Síguele la corriente hasta que se acabe.
Desatendiste el último deseo de tu madre en el momento de morir y sin embargo te amargas conmigo porque no gimo como un plañidero de alquiler de la casa Lalouette. ¡Absurdo! Supongo que lo dije. No era mi intención ofender la memoria de tu madre.
Había hablado hasta envalentonarse. Stephen, protegiendo las abiertas heridas que las palabras habían dejado en su corazón, dijo con mucha frialdad:
—No estoy pensando en la ofensa a mi