vasallos de la caballería católica de Europa que naufragó en Trafalgar y del imperio del espíritu, no un imperium, que se fue a pique con las flotas atenienses en Egospótamos. Sí, sí. Se fueron a pique. Pirro, engañado por un oráculo, hizo un último intento por reanimar la suerte de Grecia. Leal a una causa perdida.
Se alejó de ellos a grandes zancadas hacia la ventana.
—Salieron a la batalla, dijo ceniciento el señor O’Madden Burke, pero siempre cayeron.
―¡Buhú! —lloriqueó Lenehan con un ruidito—. A causa de un ladrillo recibido en la última mitad de la matiné... ¡Pobre, pobre, pobre Pirro!
Le susurró entonces al oído a Stephen:
Lenehen’s Limerick
―Hay un sabio pesado, MacHugh, que usa gafas de tono abedul. Como ve doble casi siempre, ¿para qué ese inconveniente? Yo no le veo la gracia. ¿Y tú?
De luto por Salustio, dice Mulligan. Cuya madre está bestialmente muerta.
Myles Crawford se guardó las hojas a empujones en un bolsillo lateral.
―Está bien, dijo. Leeré el resto después. Está bien.
Lenehan extendió las manos en señal de protesta.
―¡Pero mi adivinanza! ―dijo―. ¿Qué ópera es como una línea de ferrocarril?
—¿Ópera? El rostro de esfinge del señor O’Madden Burke volvió a plantear el