penique de a seis y cinco peniques se deslizaban desde la palma de su otro guante rechoncho hacia su monedero. Al pasar junto a la iglesia cubierta de hiedra, pensó que el revisor solía hacer su visita cuando uno había tirado descuidadamente el billete. La solemnidad de los ocupantes del vagón le pareció al padre Conmee excesiva para un trayecto tan corto y barato. Al padre Conmee le gustaba el decoro alegre.
Era un día apacible.
El caballero de las gafas frente al padre Conmee había terminado de explicarse y bajó la mirada. Su esposa, supuso el padre Conmee.
Un diminuto bostezo abrió la boca de la esposa del caballero de las gafas. Alzó su pequeño puño enguantado, bostezó con total suavidad, dando golpecitos con su pequeño puño enguantado en su boca que se abría y sonrió tenuemente, dulcemente.
El padre Conmee percibió su perfume en el vagón. Percibió también que el hombre torpe al otro lado de ella estaba sentando en el borde del asiento.
El padre Conmee en las barandillas del altar colocó la hostia con dificultad en la boca del anciano torpe que tenía la cabeza temblorosa.
En el puente de Annesley el tranvía se detuvo y, cuando iba a arrancar, una anciana se levantó de pronto de su asiento para apearse. El cobrador tiró de la correa del timbre para detener el coche por ella. Salió con su