salida tiene Sceptre. ¿Qué hora marca tu reloj de oro con leontina?
M’Coy miró de hito en hito en el sombrío despacho de Marcus Tertius Moses y luego al reloj de O’Neill.
—A las tres, dijo. ¿Quién la va a montar?
— O. Madden —dijo Lenehan—. ¡Y vaya potranca fina está hecha!
Mientras esperaba en Temple Bar, M’Coy apartó una piel de plátano de la acera a la cuneta con suaves empujones de la puntera. Cualquiera podría pegarse un coscorrón de mil demonios viniendo achispado por la oscuridad.
Las verjas de la entrada se abrieron de par en par para dar salida a la comitiva virreinal.
―A partes iguales, dijo Lenehan volviendo. Me he tropezado dentro con Bantam Lyons que iba a apostar por un caballo de mierda que le ha dado alguien que no tiene la menor posibilidad. Por aquí.
Subieron los peldaños y pasaron bajo el arco de los Mercaderes. Una figura de lomo oscuro ojeaba libros en el carro del vendedor ambulante.
—Ahí está —dijo Lenehan.
―A saber qué está comprando, dijo M’Coy, mirando hacia atrás.
— Leopoldo, o La flor en el prado —dijo Lenehan.
—Tiene un ojo clínico para las ventas, dijo M’Coy. Un día iba con él y le compró un libro a una vieja en Liffey street por dos chelines. Tenía láminas muy finas que valían el doble del dinero, las estrellas, la luna y