de una nación. Dondequiera que se reúnen devoran la fuerza vital de la nación. Lo he visto venir durante todos estos años. Tan seguro como que estamos aquí parados, los mercaderes judíos ya están en su labor de destrucción. La vieja Inglaterra se está muriendo.
Se alejó con paso rápido, con los ojos cobrando una vida azul al pasar por un ancho rayo de sol. Dio media vuelta y regresó.
—Muriéndose, dijo, si es que no está muerto ya.
El grito de la ramera de calle en calle ha de tejer el sudario de la vieja Inglaterra.
Sus ojos abiertos de par en par en visión miraban con severidad a través del rayo de sol en el que se detuvo.
—Un comerciante —dijo Stephen— es alguien que compra barato y vende caro, judío o gentil, ¿no es eso?
—Pecaron contra la luz —dijo el señor Deasy con gravedad—. Y se les ve la oscuridad en los ojos. Y por eso son errantes sobre la tierra hasta el día de hoy.
En las escalinatas de la Bolsa de París los hombres de piel dorada cotizando precios con sus dedos engemados. Parloteo de gansos. Enjambraban ruidosos, toscos en torno al templo, con las cabezas urdiendo espeso