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Capítulo 13

¡Pobre chica! Por eso se ha quedado para vestir santos y las otras salieron pitando. Ya me olía algo raro por su catadura. Belleza plantada. Un defecto es diez veces peor en una mujer. Pero las vuelve educadas. Menos mal que no lo sabía cuando estaba en el escaparate. Un diablillo caliente de todos modos. No me importaría. Curiosidad como una monja o una negrita o una chica con gafas. La bizca esa es delicada. Cerca de sus días, supongo, les da comezón. Hoy me duele muchísimo la cabeza. ¿Dónde habré puesto la carta? Sí, de acuerdo. Todo tipo de antojos locos. Lamer monedas. La chica del convento de Tranquilla que me contó la monja que le gustaba oler aceite de petróleo. Las vírgenes se vuelven locas al final, supongo. ¿La hermana? ¿Cuántas mujeres en Dublín lo tendrán hoy? Marta, ella. Algo en el aire. Es la luna. Pero entonces, ¿por qué no menstrúan todas las mujeres al mismo tiempo con la misma luna, digo yo? Depende de cuándo nacieron, supongo. O empiezan todas a la par y luego se desmandan. A veces Molly y Milly juntas. De todos modos, salí ganando con eso. Malditamente contento de no haberlo hecho esta mañana en el baño por su tonta carta de te castigaré. Me compensó lo del tranviario de esta mañana. Ese sinvergüenza de M’Coy parándome para no decir nada. Y su mujer, compromiso en el campo, la maleta, voz como un pico. Gracias a Dios por las pequeñas misericordias. Barato además. Al alcance de la mano. Porque ellas mismas lo quieren. Su ansia natural. Bancadas de ellas cada tarde saliendo a borbotones de las oficinas. Resérvate mejor. Si no lo quieren te lo tiran a la cabeza. Vivos y coleando, oh. Lástima que no puedan verse a sí

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