cuando entre la marea, hacia la una. Hoy hace nueve días.
El hombre que se había ahogado. Una vela virando en la bahía desierta esperando a que un bulto hinchado flote, gire hacia el sol con un rostro abotargado, blanco de sal. Aquí estoy.
Siguiendo el sendero sinuoso, bajaron hasta el arroyo.
Buck Mulligan se paró sobre una piedra, en mangas de camisa, con su corbata sin trabar ondeando sobre su hombro.
Un joven aferrado a un saliente de roca cerca de él movía lentamente, a modo de rana, sus verdes piernas en la profunda gelatina del agua.
―¿Está el hermano con usted, Malaquías?
—Abajo en Westmeath. Con los Bannon.
—¿Sigues ahí? Me llegó una postal de Bannon. Dice que encontró a una jovencita encantadora por allá. Chica de la foto, la llama.
―¿Fotografía instantánea, eh? Una exposición breve.
Buck Mulligan se sentó a desatarse las botas. Un hombre maduro emergió a poca distancia cerca del saliente de la roca con la cara roja y jadeante. Trepó por las piedras, con el agua brillando en su coronilla y en su guirnalda de pelo gris, el agua surcando su pecho y su abultado vientre y arrojando chorros a presión de su taparrabos negro y caído.
Buck Mulligan le abrió paso para que se deslizara