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1. Telémaco

Haines se sentó en una piedra, fumando.

―¿No entras?, preguntó Buck Mulligan.

―Luego —dijo Haines—. En el desayuno no.

Stephen se dio la vuelta.

—Me voy, Mulligan —dijo.

—Danos esa llave, Kinch —dijo Buck Mulligan—, para mantenerme la camisa limpia.

Stephen le tendó la llave. Buck Mulligan la puso sobre su ropa amontonada.

—Y dos peniques, dijo, por una pinta. Tíralo ahí.

Stephen arrojó dos peniques sobre el blando montón. Vistiéndose, desvistiéndose.

Buck Mulligan, erguido, con las manos juntas ante sí, dijo solemnemente:

―El que roba a los pobres le presta al Señor.

Así habló Zaratustra.

Su cuerpo regordete se precipitó.

―Nos veremos de nuevo, dijo Haines,

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