Mr. Bloom, paseándose hacia Brunswick street, sonrió.
Mi parienta acaba de pillar una. Tiple pecosa y tirillas. Nariz rácana. No está mal en su género: para una baladita. Sin chicha. ¿Tú y yo, no te enteras? En el mismo barco. Dando coba. Eso sí que te pone de los nervios.
¿Es que no nota la diferencia? Creo que le tira un poco esa onda. A contrapelo por algún motivo. Pensé que lo de Belfast le atraería. Espero que las viruelas por allá arriba no vayan a peor. Supongo que ella no se dejaría vacunar otra vez. Tu mujer y mi mujer.
¿Estará detrás de mí?
Mr. Bloom se quedó de pie en la esquina, con los ojos divagando por los carteles multicolores. Ginger Ale de Cantrell y Cochrane (Aromática). Las rebajas de verano de Clery. No, sigue derecho. Hola. Leah esta noche: la señora Bandman Palmer. Me gustaría verla en eso otra vez. Hamlet hizo anoche. Actriz de papeles masculinos. Quizás él era una mujer. ¿Por qué se suicidó Ofelia? ¡Pobre papá! ¡Cómo le gustaba hablar de Kate Bateman en esa obra! Afuera del Adelphi en Londres esperando toda la tarde para entrar. El año antes de nacer yo fue eso: el sesenta y cinco. Y Ristori en Viena. ¿Cuál es el nombre correcto de esta? De Mosenthal es. ¿Rachel, es? No. La escena de la que siempre hablaba en la que el viejo ciego Abraham reconoce la voz y le pone los dedos en la cara.
―¡La voz de Nathan! ¡La voz de su hijo! Oigo la voz de Nathan, que dejó a su padre morir de dolor y miseria en mis brazos, que abandonó la casa de su padre y abandonó al Dios de su padre.
Cada palabra es muy profunda, Leopold.
¡Pobre papá! ¡Pobre hombre! Me alegro. No entré en la habitación para verle la cara. ¡Ese día! ¡Ay, Dios! ¡Ay, Dios! ¡Uf! Bueno, tal vez fue lo mejor para él.