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Capítulo 9

Shakespeare, un fantasma por su ausencia, y con los hábitos del Dinamarca sepultado, un fantasma por la muerte, diciendo sus propias palabras al nombre de su propio hijo (de haber vivido Hamnet Shakespeare habría sido el gemelo del príncipe Hamlet), es posible, quiero saber, o probable, que no extrajera o previera la conclusión lógica de esas premisas: tú eres el hijo desposeído; yo soy el padre asesinado; tu madre es la reina culpable, Ann Shakespeare, de soltera Hathaway?

―Pero este fisgoneo en la vida familiar de un gran hombre... —empezó Russell con impaciencia.

¿Estás ahí, viejo topo?

―Interesante solo para el sacristán. Digo, tenemos las obras. Digo, cuando leímos la poesía del Rey Lear, ¿qué nos importa cómo vivió el poeta? En cuanto a vivir, nuestros sirvientes pueden hacerlo por nosotros, ha dicho Villiers de l’Isle. Mirar a hurtadillas y fisgonear en los chismes de camerino de la época, las borracheras del poeta, las deudas del poeta. Tenemos el Rey Lear: y es inmaterial.

El rostro del señor Best apelaba a, asentía.

Fluye sobre ellos con tus olas y con tus aguas, Manannan, Manannan MacLir.....

Y bien, granuja, ¿y aquella libra que te prestó cuando estabas hambriento?

Válgame, yo lo quería.

Toma tú esta moneda.

¡Vaya! Te pasaste la mayor parte en la cama de Georgina Johnson, hija de clérigo. *Agenbite of

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