El ritmo comienza, ya ves. Yo oigo.
Un tetrámetro cataléctico de yambos que marchan. No, a galope: delínease la yegua.
Abre los ojos ahora.
Lo haré.
Un momento.
¿Se ha desvanecido todo desde entonces? Si abro y estoy para siempre en el negro adiafano.
¡Basta! Veré si puedo ver.
Mira ahora. Ahí todo el tiempo sin ti: y por los siglos de los siglos, amén.
Bajaron los escalones desde la terraza de Leahy prudentemente, Frauenzimmer: y por la orilla inclinada, flojamente, sus pies abiertos hundiéndose en la arena sedimentada. Como yo, como Algy, bajando hacia nuestra poderosa madre.
La número uno mecía pesadamente su bolso de comadrona, el paraguas de la otra hurgaba en la playa. De los Liberties, a pasar el día. La señora Florence MacCabe, viuda del difunto Patk MacCabe, profundamente lamentado, de Bride Street. Una de su hermandad me arrastró chillando a la vida. Creación de la nada.
¿Qué lleva en el bolso? Un aborto con un cordón umbilical colgante, acallado en lana rojiza. Los cordones de todos se entrelazan hacia atrás, cable trenzado de toda la carne. Por eso los monjes místicos. ¿Seréis como dioses? Mirad vuestro onfalos. Hola. Kinch aquí. Comuníqueme con Edénville. Aleph, alfa: cero, cero, uno.