sienes, ¿quién era la que le pasaba la barrita de mentol por la frente sino Gerty, a pesar de que no le gustaba que su madre tomara pizcas de rapé, y ese era el único motivo por el que alguna vez discutían, por tomar rapé. Todo el mundo la tenía en un pedestal por sus maneras dulces. Era Gerty la que apagaba el gas de la llave de paso todas las noches y era Gerty la que clavaba en la pared de aquel sitio donde nunca faltaba cada quince días el clorato de cal, el almanaque de Navidad del señor Tunney el tendero, el cuadro de los días placenteros donde un joven caballero con el traje que solía usarse entonces, con un sombrero tricornio, le ofrecía un ramo de flores a su amada con la caballerosidad de antaño a través de la ventana de celosía. Se veía que había una historia detrás. Los colores estaban hechos de una manera preciosa. Ella iba de blanco suave y vaporoso en una actitud estudiada y el caballero iba de marrón chocolate y parecía todo un aristócrata. A menudo los miraba embelesada cuando iba allí con cierto propósito y se palpaba los propios brazos que eran blancos y suaves exactamente como los de ella con las mangas remangadas y pensaba en aquellos tiempos porque había descubierto en el diccionario de pronunciación de Walker que había pertenecido al abuelo Giltrap lo que significaban los días placenteros.
Los mellizos jugaban ahora de la manera más fraternal posible, hasta que al fin el señorito Jacky, que tenía más cara que espalda, eso no se le podía negar, dio una patada deliberada a la pelota con todas sus fuerzas hacia las rocas llenas de algas. Huelga decir que el pobre Tommy no tardó en manifestar su