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Capítulo 5

El puro tiene un efecto refrescante. Narcótico. Llegar más lejos la próxima vez. Niño malo: castigar: miedo a las palabras, claro. Brutal, ¿por qué no? Pruébalo de todos modos. Poco a poco.

Aún jugueteando con la carta en el bolsillo, sacó el alfiler. ¿Un alfiler común, eh? Lo tiró a la carretera.

De su ropa en alguna parte: sujetos con alfileres. Qué curioso la cantidad de alfileres que llevan siempre. No hay rosas sin espinas.

Planas voces dublinesas le resonaban en la cabeza. Aquellas dos furcias aquella noche en The Coombe, agarradas del brazo bajo la lluvia.

O, Mairy lost the pin of her drawers. She didn’t know what to do To keep it up To keep it up.

¿Eso? Ellos. Qué dolor de cabeza tan fuerte. Sus rosas probablemente. O estar sentada todo el día tecleando. La vista fija es mala para los nervios del estómago. ¿Qué perfume usa tu esposa? Ahora quién iba a descifrar una cosa así.

Seguir adelante.

Marta, María. Vi ese cuadro en alguna parte, ahora no recuerdo si de un viejo maestro o falsificado por dinero. Él está sentado en la casa de ellas, hablando. Misterioso. También las dos furcias del Coombe escucharían.

Seguir adelante.

Agradable sensación de atardecer. No más deambular por ahí. Solo holgazanear allí: crepúsculo tranquilo: que ruede todo. Olvidar. Hablar de los sitios en los que has estado, de costumbres extrañas. La otra, con el cántaro en la cabeza, estaba preparando la cena: fruta,

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