el momento, no —respondió Stephen.
Mr Deasy rieron con abundante deleite, guardando su hucha.
―Sabía que no podías, dijo jubiloso. Pero algún día debes sentirlo. Somos un pueblo generoso, pero también debemos ser justos.
—Temo esas palabras grandilocuentes, dijo Stephen, que nos hacen tan infelices.
Mr Deasy miró severamente durante unos momentos por encima de la repisa de la chimenea la voluminosa y bien formada figura de un hombre con falda escocesa de tartán: Alberto Eduardo, Príncipe de Gales.
―Me crees un carcamal y un viejo tory —dijo su voz pensativa—. He conocido tres generaciones desde los tiempos de O’Connell. Me acuerdo de la hambre. ¿Sabes que las logias orangistas hicieron campaña por la abolición de la unión veinte años antes de que lo hiciera O’Connell o de que los prelados de tu religión lo denunciaran como demagogo? Los fenianos olvidáis algunas cosas.
Gloriosa, piadosa e inmortal memoria.
La logia de Diamond en Armagh espléndidamente adornada con cadáveres de papistas.
Roncos, enmascarados y armados, los colonos pactan. El norte negro y la Biblia azul verdaderas.
Croppies, a acostarse.
Stephen esbozó un breve gesto.
―Yo también tengo sangre rebelde, dijo el señor Deasy. Por parte de madre. Pero desciendo de sir John Blackwood, que votó