―No, Ned.
—Bajó por Dame Walk —dijo el acento refinado—, si la memoria no me falla. La mansión de los Kildare estaba en Thomas Court.
—Así es —dijo Ned Lambert—. Es muy cierto, señor.
—Si fuera tan amable entonces —dijo el clérigo—, la próxima vez de permitirme quizás...
—Por supuesto —dijo Ned Lambert—. Traiga la cámara cuando quiera. Apartaré esas bolsas de las ventanas. Puede tomarla desde aquí o desde aquí.
En la luz aún tenue se movía, tanteando con su listón los sacos de semillas amontonados y los puntos estratégicos del suelo.
De un rostro alargado pendían una barba y una mirada sobre un tablero de ajedrez.
—Le estoy profundamente agradecido, señor Lambert —dijo el