a medias mediante suaves tirones, con el rabillo del ojo la vio mirar la carta y esconderla bajo la almohada.
―¿Sirve eso? ―preguntó, volviéndose.
Ella leía la tarjeta, apoyada en el codo.
―Ella consiguió las cosas, dijo.
Esperó hasta que ella hubo dejado la tarjeta a un lado y se acurrucó de nuevo lentamente con un suspiro de satisfacción.
—Date prisa con ese té —dijo ella—. Estoy reseca.
—La tetera está hirviendo —dijo él.
Pero tardó en despejar la silla: su enagua de listas, arrojada ropa blanca sucia: y lo levantó todo de un brazado a los pies de la cama.
Mientras bajaba las escaleras de la cocina, ella llamó:
—¡Poldy!
―¿Qué?
―Escalda