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1. Telémaco

que brillaba una piedra verde. Lo abrió de un golpe con el pulgar y lo ofreció.

—Gracias, dijo Stephen, cogiendo un cigarrillo.

Haines se sirvió y cerró la pitillera de un golpe seco. Se la volvió a guardar en el bolsillo lateral y sacó del chaleco una yesquera niquelada, la abrió de otro chasquido y, tras encender su cigarrillo, le ofreció a Stephen la yesca llameante abriendo las manos en forma de concha.

—Sí, claro —dijo, mientras seguían caminando—. O crees o no crees, ¿verdad? Personalmente, no trago esa idea de un Dios personal. Supongo que tú no defiendes eso, ¿o sí?

―Me ve a mí, dijo Stephen con sombrío desagrado, como a un horrible ejemplo de libre pensamiento.

Caminó adelante, esperando que le hablaran, arrastrando su cayado de fresno a su costado. Su contera lo seguía ligeramente por el sendero, chillando a sus talones.

Mi familiar, detrás de mí, llamando Eeeeeeeeeeeeeesban. Una línea vacilante a lo largo del sendero. Caminarán sobre ella esta noche, viniendo aquí en la oscuridad.

Él quiere esa llave. Es mía, yo pagué el alquiler. Ahora como su pan con sal. Dale la llave a él también. Todo. La pedirá. Eso estaba en sus ojos.

—Después de todo, Haines empezó…

Stephen se giró y vio que la fría

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