su vaso, deslizando los dedos por las estrías.
—Ay —dijo, suspirando.
Mr. Bloom, rumiante, de pie, contempló su suspiro. Zopenco narigudo. ¿Le diré lo del caballo a Lenehan? Ya lo sabe. Más vale que lo olvide. A ir a perder más. El tonto y su dinero. Cayendo la gotita otra vez. Qué nariz fría se le pondría besando a una mujer. Aunque a lo mejor les gusta. Barbas ásperas es lo que les gusta. Las narices frías de los perros. El terrier Skye de la vieja señora Riordan, la de las tripas ruidosas, en el hotel City Arms. Molly acariciándolo en su regazo. ¡Ay, el perrazoguaoguaoguaoguao!
Empapada en vino y ablandada, miga de pan enrollada, mostaza, un instante, melindrosa, queso.
Buen vino es. Sabe mejor porque no tengo sed. El baño desde luego hace eso.
Solo un bocado o dos. Luego sobre las seis puedo. Seis, seis. El tiempo ya habrá pasado entonces.
Ella …
Fuego templado de vino encendió sus venas. Yo deseaba eso con ganas. Me sentía tan indispuesto. Sus ojos, sin hambre, veían estantes de latas, sardinas, pinzas de bogavantes chillonas. Todas las cosas raras que la gente coge para comer. Fuera de las conchas, bígaros con un alfiler, de los árboles, caracoles de la tierra que los franceses comen, del mar con cebo