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Capítulo 8

anteojos míos. Lentes Gœrz, seis guineas. Los alemanes abriéndose paso por todas partes. Venta a plazos para acaparar el mercado. Dumping. A lo mejor encuentro unos en la oficina de objetos perdidos del ferrocarril. Es increíble lo que la gente se deja en los trenes y las consignas. ¿En qué estarán pensando? Las mujeres también. Increíble. El año pasado yendo a Ennis tuve que recoger el bolso de aquella hija del granjero y dárselo en la estación de Limerick. Dinero no reclamado también. Allá arriba, en el tejado del banco, hay un relojito para

Sus párpados bajaron sobre los bordes inferiores de sus iris.

No se puede ver. Si te imaginas que está ahí, casi puedes verlo. No se puede ver.

Se dio la vuelta y, de pie entre los toldos, extendió el brazo derecho con la mano abierta hacia el sol.

Quería probar eso a menudo.

Sí: del todo. La punta del meñique borró el disco solar. Debe de ser el foco donde se cruzan los rayos.

Si tuviera gafas oscuras.

Interesante. Se habló mucho de esas manchas solares cuando estábamos en Lombard street west. Son explosiones terroríficas. Este año habrá un eclipse total: en otoño en algún momento.

Ahora que lo pienso, esa bola cae a la hora de Greenwich. Es el reloj que funciona

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