pasteles rematadamente malos (damn bad cakes). Ah, pero te perdiste a Dedalus hablando de Hamlet.
Haines abrió su libro recién comprado.
—Lo siento —dijo—. Shakespeare es el coto de caza favorito de todas las mentes que han perdido el equilibrio.
El marinero manco le gruñó a la zona del número 14 de la calle Nelson:
― Inglaterra espera...
El chaleco color primula de Buck Mulligan se sacudió alegremente con su risa.
―Deberías verlo —dijo—, cuando su cuerpo pierde el equilibrio. El errabundo Ængus lo llamo.
—Estoy seguro de que tiene una idée fixe, —dijo Haines, pellizcándose el mentón pensativamente con el pulgar y el índice—. Cuánto especulo sobre cuál es probable que sea. Esas personas siempre la tienen.
Buck Mulligan se inclinó sobre la mesa con gravedad.
—Le desquiciaron el juicio —dijo— con visiones del infierno. Jamás captará el tono ático. El tono de Swinburne, de todos los poetas, la muerte blanca y el nacimiento rubicundo. Esa es su tragedia. Nunca podrá ser poeta. La alegría de la creación…
—Castigo eterno —dijo Haines, haciendo una seña seca con la cabeza—. Ya veo. Esta mañana lo abordé sobre el tema de la creencia. Tenía algo en la cabeza, lo vi. Es bastante interesante porque el profesor Pokorny de Viena plantea una cuestión interesante al respecto.
Los ojos vigilantes de Buck Mulligan vieron llegar a la camarera. La ayudó a descargar