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Chapter 12

¿Diez, ha dicho?

—¡Sí, su señoría! ¡Y mi mujer tiene tifoidea!

—¡Y una esposa con fiebre tifoidea! ¡Escandaloso! Abandonen el tribunal inmediatamente, señor. No, señor, no dictaré ninguna orden de pago. ¡Cómo se atreve, señor, a comparecer ante mí y pedirme que dicte una orden! ¡Un hombre pobre, trabajador y hacendoso! Desestimo el caso.

Y por cuanto el decimosexto día del mes de la diosa de ojos de buey y en la tercera semana tras la festividad de la Santa e Indivisible Trinidad, siendo entonces la hija de los cielos, la virgen luna, en su cuarto creciente, aconteció que aquellos doctos jueces se encaminaron a las salas de la ley.

Allí el maestro Courtenay, sentado en su propia cámara, impartió su consejo y el maestro juez Andrews, sentado sin juramento en el tribunal de sucesiones, ponderó y sopesó cuidadosamente las pretensiones del primer demandante sobre la propiedad en el asunto del testamento presentado y la disposición testamentaria final en re los bienes muebles e inmuebles del difunto Jacob Halliday, tabernero, finado, contra Livingstone, menor de edad, de mente inestable, y otro.

Y a la solemne corte de Green street vino sir Frederick el Halconero.

Y se sentó allí hacia la hora de las cinco para administrar la ley de los brehones en la comisión para todos aquellos y tales lugares que debían celebrarse en y para el condado de la ciudad de Dublín.

Y estaba sentado con él el alto sinedrio de las doce tribus de Iar, por cada tribu un hombre, de la tribu de Patricio y de la tribu de Hugh y de

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