―gritó el que había golpeado―. Cuida de nuestras bestias. Y para nosotros, danos de lo mejor que tengas, pues a fe mía que lo necesitamos.
―¡Válgame Dios, buenos señores —dijo el mesonero—, mi pobre casa apenas tiene una despensa provista! No sé qué ofrecer a vuestras señorías.
―¿Cómo es eso, amigo? —exclamó el segundo del grupo, un hombre de rostro apacible—, ¿así sirves a los mensajeros del rey, maestro Taptun?
Un cambio instantáneo se extendió por el rostro del mesonero.
—Perdonad, caballeros —dijo humildemente—. Si sois mensajeros del rey (¡Dios ampare a Su Majestad!), no os faltará de nada. Los amigos del rey (¡Dios bendiga a Su Majestad!) no pasarán hambre en mi casa, os lo aseguro.
―¡Pues a otra cosa! ―exclamó el viajero que no había hablado, un tragaldabas fornido por su