de telarañas los dedos del lapidario que examinaban una cadena ajada por el tiempo. El polvo cubría el cristal y las bandejas de exposición. El polvo oscurecía los dedos laboriosos de uñas de buitre. El polvo dormía sobre apagados rollos de bronce y plata, rombos de cinabrio, sobre rubíes, piedras leprosas y oscuras como el vino.
Nacidos todos en la oscura tierra de lombrices, frías motas de fuego, luces malvadas que brillan en la oscuridad.
Donde arcángeles caídos arrojaron las estrellas de sus frentes.
Hocicos de cerdo embarrados, manos, raíz y raíz, los asen y forcejean con ellas.
Ella baila en una lóbrega penumbra donde la resina arde con ajo. Un marino, de barba oxidada, bebe