pobre Paddy que debía atender ese asunto. John Henry no es de lo peor del mundo.
―¿Cómo lo perdió? —preguntó Ned Lambert—. ¿Licor, qué?
—Un fallo que lo comete cualquiera, señor Dedalus dijo con un suspiro.
Se detuvieron ante la puerta de la capilla mortuoria. El señor Bloom se quedó de pie detrás del chico de la corona, mirando hacia abajo, a su lacio cabello peinado y al esbelto cuello surcado dentro de su cuello almidonado a estrenar.
¡Pobre chico! ¿Estaba él allí cuando el padre? Ambos inconscientes. Iluminarse en el último momento y reconocer por última vez. Todo lo que él podría haber hecho. Le debo tres chelines a O’Grady. ¿Lo entendería?
Los mudos llevaron el ataúd al interior de la capilla. ¿Por qué extremo está su cabeza?
Tras un momento siguió a los otros adentro, parpadeando bajo la luz filtrada por la celosía. El ataúd yacía sobre sus andas ante el presbiterio, con cuatro altos cirios amarillos en sus esquinas. Siempre delante de nosotros. Corny Kelleher, colocando una corona en cada esquina delantera, hizo señas al muchacho para que se arrodillara. Los dolientes se arrodillaban aquí y allá en los reclinatorios. El señor Bloom se quedó de pie cerca de la pila bautismal y, cuando todos se hubieron arrodillado, dejó caer con cuidado del bolsillo su periódico desplegado y apoyó