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Capítulo 3

El fusible azul arde mortalmente entre las manos y arde limpio. Las hebras de tabaco suelto prenden fuego: una llama y un humo acre iluminan nuestro rincón. Huesos de la cara toscos bajo su gorra de chiquillo que asoma el alba.

Cómo se escapó el jefe del centro, versión auténtica. Disfrazado de joven novia, tío, velo, azahares, salió en coche por la carretera de Malahide. Que sí, por la fe. De líderes perdidos, el traicionado, fugas salvajes. Disfraces, aferrados, idos, no aquí.

Amante desairado. Era un mozalbete fornido en aquel tiempo, se lo digo yo, ya le enseñaré mi retrato un día de estos. Lo era, a fe mía. Amante, por cuyo amor merodeaba con el coronel Richard Burke, caudillo de su clan, bajo los muros de Clerkenwell y, agachado, vio una llama de venganza lanzarlos hacia arriba en la niebla. Vidrios rotos y mampostería derruida. En el alegre París se esconde, Egan de París, sin ser buscado por nadie salvo por mí. Cumpliendo las estaciones de su día, la caja de imprenta mugrienta, sus tres tabernas, la guarida de Montmartre en la que duerme su corta noche, rue de la Goutte-d’Or, damasquinada con rostros ajados de difuntos. Sin amor, sin tierra, sin esposa. Ella está de lo más mona y cómoda sin su hombre marginado, madame, en la rue Gît-le-Cœur, un canario y dos huéspedes langostas. Mejillas de melocotón, falda de cebra, retozona como una jovencita. Desairado y sin desesperar. Dile a Pat que me has visto, ¿quieres? Yo quise conseguirle un trabajo al pobre Pat una vez. Mon fils, soldado de Francia. Le enseñé a cantar. Los muchachos de Kilkenny son bravos y ruidosos espadachines. ¿Conoces esa vieja tonada? Le enseñé eso a Patrice. El viejo Kilkenny: san Canice, el castillo de Strongbow sobre el Nore. Va así. Oh, oh. Me toma Napper Tandy de la mano.

Oh, oh, los chicos de Kilkenny…

Débil mano marchita sobre la mía. Han olvidado a Kevin Egan, no él a ellos. Acordándome de ti, oh Sión.

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