pasean por ahí. Qué más daría que pudiera ver sobre qué está sacudiéndola. Todos los benditos días una hornada nueva: hombres de mediana edad, viejas, niños, parturientas, hombres con barba, hombres de negocios calvos, tisiquillas con pechos de gorrión. Todo el año rezaba lo mismo sobre todos ellos y les rociaba agua encima: sueño. En el caso de Dignam ahora.
― En paradisum.
Dijo que se iba al paraíso o está en el paraíso. Le dice eso a todo el mundo. Un tipo de trabajo cansado. Pero tiene que decir algo.
El sacerdote cerró su libro y se marchó, seguido por el monaguillo. Corny Kelleher abrió las puertas laterales y los sepultureros entraron, alzaron de nuevo el féretro, lo sacaron y lo empujaron hasta su carro.
Corny Kelleher le dio una corona de flores al muchacho y otra al cuñado. Todos los siguieron fuera, por las puertas laterales, hacia el aire templado y gris.
El señor Bloom salió el último, volviendo a doblar su periódico para guardárselo en el bolsillo. Miró gravemente al suelo hasta que el carro fúnebre dobló a la izquierda. Las ruedas de metal trituraron la grava con un chirrido agudo y la piara de botas toscas siguió a la angarilla por un callejón de sepulcros.
The ree the ra the ree the ra the roo. > Lord, I