ponerse morados, Bertha Supple también, y Edy, la fiera, porque en noviembre cumpliría veintidós años.
Ella lo cuidaría también con las pequeñas comodidades de la vida, pues Gerty era discretamente femenina y sabía que a un simple hombre le gustaba esa sensación de hogar.
Sus tortitas hechas en la sartén hasta alcanzar un tono dorado y el budín de la reina Ana, de una cremosidad deliciosa, se habían ganado la admiración general, ya que también tenía buena mano para encender el fuego, espolvorear la fina harina leudante y remover siempre en la misma dirección, para luego batir la leche y el azúcar y montar bien las claras de huevo, aunque no le gustaba la parte de comer cuando había gente, eso le daba vergüenza, y a menudo se preguntaba por qué no se podía comer algo poético como violetas o rosas, y tendrían un salón amueblado con refinamiento, con cuadros y grabados y la fotografía del precioso perro de su abuelo Giltrap, Garryowen, que casi hablaba, de tan humano que era, y fundas de cretona para las sillas y aquella camarera de plata para las tostadas de las rebajas de verano de Clery, como las que hay en las casas de los ricos.
Él sería alto y de hombros anchos (siempre le habían gustado los hombres altos para marido), con unos dientes blancos y relucientes bajo su bigote cuidadosamente recortado y arqueado, y se irían al continente de luna de miel (¡tres semanas maravillosas!) y luego, cuando se instalaran en una casita bonita, acogedora, cómoda y hogareña, todas las mañanas desayunarían los dos juntos, un desayuno sencillo pero servido a la perfección, solo para ellos dos, y antes de irse a trabajar le daría a su querida esposita un fuerte y cariñoso abrazo y la miraría un momento