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Capítulo 13

un espectáculo de lo más edificante de ver) en aquel sencillo templo junto a las olas, tras las tempestades de este fatigoso mundo, arrodillados a los pies de la inmaculada, recitando la letanía de Nuestra Señora de Loreto, rogándole que intercediera por ellos, las viejas y conocidas palabras, santa María, santa virgen de vírgenes.

¡Qué tristeza para los oídos de la pobre Gerty! Si tan solo su padre hubiera evitado las garras delcohólico demonio, tomando el voto de templanza o aquellos polvos que curaban el vicio de la bebida en el Pearson’s Weekly, ahora podría estar paseándose en su carruaje, segunda de nadie.

Una y otra vez se lo había dicho a sí misma mientras meditaba junto a las brasas moribundas en un profundo ensimismamiento sin encender la lámpara porque odiaba las dos luces o bien contemplando embelesada por la ventana durante horas la lluvia que caía sobre el balde oxidado, pensando.

Pero aquel vil brebaje que tantas casas y hogares ha arruinado había proyectado su sombra sobre los días de su infancia.

Es más, incluso había presenciado en el círculo familiar actos de violencia causados por la intemperancia y había visto a su propio padre, presa de los vapores de la embriaguez, olvidarse por completo de sí mismo, porque si había algo entre todas las cosas que Gerty sabía bien era que el hombre que alza la mano contra una mujer, excepto en señal de cariño, merece ser tachado del más vil de los viles.

Y aún las voces cantaban en súplica a la Virgen más poderosa, la Virgen más misericordiosa. Y Gerty, absorta en sus pensamientos, apenas vio ni oyó a sus compañeras ni a los mellizos en sus infantiles juegos ni al caballero de Sandymount Green que Cissy Caffrey llamó el hombre que se

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