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Capítulo 8

para ellos.

Ahorcajadas. Montar a caballo como un hombre, una cazadora que carga peso. Nada de silla de lado ni ancas para ella, ni hablar.

La primera en la reunión y presente en la muerte. Fuertes como yeguas de cría algunas de esas mujeres aficionadas a los caballos. Pavonearse por los establos de alquiler. Se tragan un vaso de brandy puro en un abrir y cerrar de ojos.

Esa del Grosvenor esta mañana. Sube de un salto al coche: chischís. Un muro de piedra o una verja de cinco barras, a poner al caballo a prueba. Creo que ese cochero respingón lo hizo por maldad.

¿A quién se parecía? ¡Ah, sí! A la señora Miriam Dandrade, la que me vendió sus chales viejos y su ropa interior negra en el hotel Shelbourne. Divorciada hispanoamericana. Le importó un bledo que los manoseara. Como si fuera un perchero. La vi en el grupo virreinal cuando Stubbs, el guardabosques, me coló con Whelan del Express. Puliendo las migajas de la aristocracia. Merienda cena. Mayonesa le eché a las ciruelas creyendo que eran natillas. Los oídos debieron zumbarle unas cuantas semanas después. Ser un toro para ella, eso es lo que quiero. Cortesana nata. Nada de cuidar crías para ella, gracias.

¡Pobre señora Purefoy! Marido metodista. Método en

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