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Capítulo 10

Debió haber leído eso antes de almorzar. Pero había venido lady Maxwell.

El padre Conmee leyó en secreto un Pater y un Ave y se santiguó. Deus in adiutorium.

Caminaba con calma y leía en silencio las nonas, caminando y leyendo hasta llegar a la Res en Beati immaculati: Principium verborum tuorum veritas: in aeternum omnia iudicia iustitiae tuae.

Un joven sofocado salió por un hueco del seto y tras él apareció una joven con silvestres margaritas temblorosas en la mano.

El joven se levantó bruscamente el sombrero; la joven se inclinó bruscamente y, con lenta minuciosidad, se quitó de la ligera falda una ramita aferrada.

El padre Conmee los bendijo a ambos solemnemente y pasó una página delgada de su breviario.

Sin: Principes persecuti sunt me gratis: et a verbis tuis formidavit cor meum.

Corny Kelleher cerró su grueso libro de cuentas y miró con su ojo caído una tapa de ataúd de pino apostada como un centinela en un rincón. Se irguió, fue hacia ella y, haciéndola girar sobre su eje, contempló su forma y sus adornos de latón. Mascando su brizna de heno, apartó la tapa del ataúd y se acercó al umbral. Allí inclinó el ala del sombrero para dar sombra a sus ojos y se apoyó en el quicio de la puerta, mirando hacia afuera con desgana.

El padre John Conmee subió al tranvía de Dollymount

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