con voz monótona.
El umbral se oscureció con una figura que entraba.
—La leche, señor.
—Entre, señora —dijo Mulligan—, Kinch, trae la jarra.
Una anciana se adelantó y se detuvo junto al codo de Stephen.
—Es una mañana preciosa, señor —dijo ella—. Bendito sea Dios.
—¿A quién? —dijo Mulligan, mirándola de soslayo—. Ah, claro.
Stephen echó el brazo atrás y cogió la jarra de leche del armario.
—Los isleños —dijo Mulligan a Haines con nonchalancia—, hablan con frecuencia del coleccionista de prepucios.
—¿Cuánto, señor? —preguntó la anciana.
―Un cuarto, dijo Stephen.
Él la vio volcar en la medida y de ahí en la jarra la rica