el segundo pañuelo de papel.
—Pardón, monsieur, —dijo Lenehan, asiéndose a él por un instante y haciendo una mueca.
—Culpa mía, dijo el señor Bloom, aflojando su apretón. ¿Se ha hecho daño? Tengo prisa.
—Rodilla, dijo Lenehan.
Puso una cara graciosa y se quejó con un gemido, frotándose la rodilla:
―La acumulación de los años.
—Perdone, dijo el señor Bloom.
Fue hacia la puerta y, dejándola entreabierta, se detuvo. J. J. O’Molloy pasó las pesadas páginas de golpe. El ruido de dos voces chillonas, una armónica de boca, resonó en el vestíbulo despojado procedente de los vochorneros acurrucados en los escalones: