de un castaño oscuro con una onda natural. Se lo había cortado esa misma mañana a causa de la luna nueva y se anidaba alrededor de su linda cabeza en una profusión de suntuosos rizos y se había cortado las uñas también, el jueves por la riqueza. Y en ese mismo instante, ante las palabras de Edy, mientras un rubor delator, delicado como el más tenue arrebol de rosa, se asomaba a sus mejillas, se veía tan hermosa en su dulce timidez virginal que a buen seguro la hermosa tierra de Irlanda de Dios no albergaba a su igual.
Por un instante guardó silencio, con los ojos más bien tristes y bajados.
Estaba a punto de replicar, pero algo detuvo las palabras en su lengua. La inclinación la impulsaba a hablar con franqueza; la dignidad le decía que guardara silencio.
Los bonitos labios hicieron un puchero un momento, pero luego ella alzó la vista y prorrumpió en una risita alegre que tenía toda la frescura de una joven mañana de mayo.
Ella sabía muy bien, nadie mejor, por qué la bisojا Edy decía aquello de que él iba enfriando sus atenciones cuando se trataba simplemente de una riña de enamorados. Como de costumbre, a alguien le picaba el crio que llevaba la bicicleta y andaba siempre pasando arriba y abajo delante de su ventana.
Solo que ahora su padre lo tenía por las tardes estudiando con ahínco para sacar una beca en el examen intermediate que se acercaba y se iba a ir al Trinity College a estudiar para médico cuando saliera del instituto, como su hermano W. E. Wylie, que corría en las carreras de bicicletas en la universidad del Trinity College.
Poco se importaría tal vez por lo que ella sentía, ese vacío sordo y doloroso en