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Capítulo 9

leyeron, sonriendo con nuevo deleite.

―¡Telegrama! Dijo. ¡Maravillosa inspiración! ¡Telegrama! ¡Una bula papal!

Se sentó en una esquina del escritorio a oscuras, leyendo en voz alta con alegría:

― El sentimentalista es aquel que quiere gozar sin contraer la inmensa deuda de gratitud por un acto realizado. Firmado: Dedalus. ¿Desde dónde lo lanzaste? ¿Los burdeles? No. College Green. ¿Te has bebido las cuatro libras? La tía va a ir a ver a tu inconsistente padre. ¡Telegrama! Malachi Mulligan, The Ship, Lower Abbey Street. ¡Oh, mimo sin par! ¡Oh, acólito momificado!

Con alegría metió el mensaje y el sobre en un bolsillo, pero se lamentó en un quejumbroso acento irlandés:

—Es lo que le digo, señorito de oro, raros y enfermos estábamos, Haines y yo, la vez que él mismo lo trajo. Lo que pedíamos era un brebaje de horca capaz de avivar a un fraile, según creo, y él cojeando de puro lujurioso. Y nosotros una hora y dos horas y tres horas sentados educadamente en lo de Connery esperando nuestras buenas pintas.

Lamentó:

—Y nosotros allá, mavrone, y usted mandándonos de incógnito sus conglomerados para que saquemos la lengua una yarda de larga como los clérigos sedientos que se andan desmayando por un trago.

Stephen se rio.

Rápido, en actitud de advertencia, Buck Mulligan se inclinó:

—El vagabundo Synge te busca —dijo—

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