pongo verde hablando de ti —dijo Buck Mulligan—, y luego apareces tú con tu sonrisa asquerosa y tus sombrías pullas
—Veo pocas esperanzas, dijo Stephen, en ella o en él.
Buck Mulligan suspiró trágicamente y puso una mano en el brazo de Stephen.
―De mí, Kinch, dijo.
Con un tono de repente cambiado, añadió:
—A decir verdad, creo que tienes razón.
- Maldita sea para lo único que sirven.
- ¿Por qué no los juegas como yo?
- Que se vayan todos al infierno.
- Larguémonos del antro.
Se levantó, se descinó con gravedad y se despojó de la toga, diciendo con resignación:
—Mulligan es despojado de sus ropas.
Vació sus