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Capítulo 8

en el escaparate de Walter Sexton, enfrente, por el cual John Howard Parnell pasó, sin ver.

Ahí está: el hermano. Su viva imagen. Rostro inquietante. Vaya casualidad. Claro, cientos de veces piensas en una persona y no te la encuentras. Como un sonámbulo. Nadie le conoce. Seguro que hoy hay junta de la compañía. Dicen que nunca se ha puesto el uniforme de mariscal de la ciudad desde que consiguió el puesto. Charley Boulger solía salir a caballo, con sombrero bicornio, abochornado, empolvado y afeitado. Miren qué andar desolado lleva. Se ha comido un huevo en mal estado. Ojos escalfados sobre fantasma. Tengo un dolor. El hermano del gran hombre: el hermano de su hermano. Le sentaría bien el corcel de la ciudad. Se pasará por el D. BC probablemente para tomar su café, a jugar al ajedrez allí. Su hermano usaba a los hombres como peones. Que se vayan todos al cuerno. Con miedo de hacerle un comentario. Los congela con esa mirada suya. Esa es la fascinación: el nombre. Todos un poco tocados. La loca Fanny y su otra hermana, la señora Dickinson, paseándose en coche con arneses escarlata. Muy erguidos como el cirujano M’Ardle. Aun así, David Sheehy le ganó en Meath sur. Solicitar las Chiltern Hundreds y retirarse a la vida pública. El

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