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Capítulo 11

el calvo Pat, el propinado Pat, escuchó.

Los acordes repitieron sus notas más lentamente.

La voz de la penitencia y del dolor llegó lenta, temblorosa, florida. La barba contrita de Ben confesaba: in nomine Domini, en el nombre de Dios. Se arrodilló. Se golpeó el pecho con la mano, confesando: mea culpa.

Latín otra vez. Eso los atrae como liga.

Cura con el cuerpo de la comunión para esas mujeres.

Tipo en el depósito, ataúd o ataudey, corpusnomine.

Me pregunto por dónde andará esa rata a estas alturas. Raspe.

Toc.

Escucharon: jarras y la señorita Kennedy, George Lidwell con el párpado bien expresivo, raso de pechuga generosa. Kernan, Sí.

La voz suspirante del dolor cantaba. Sus pecados. Desde pascua había maldito tres veces. Maldita perra de mierda. Y una vez en hora de misa se habíá ido a jugar. Una vez junto al cementerio había pasado y por el descanso de su madre no había rezado. Un muchacho. Un muchacho rebelde.

Bronze, escuchando junto al tirador de cerveza, miraba a lo lejos. Con el alma. No veas si

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