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Capítulo 13

que por nada del mundo fuera a decir que había sido ella quien se lo había contado o no le volvería a hablar en la vida. No. Al César lo que es del César. Había un refinamiento innato, una languidez y altivez de reina en Gerty que se manifestaba de forma inconfundible en sus delicadas manos y su empeine arqueado. Si el destino cauto hubiera querido que hubiera nacido aristócrata de alta cuna por derecho propio y si solo hubiera recibido el beneficio de una buena educación, Gerty MacDowell habría podido codearse fácilmente con cualquier dama del país y haberse visto exquisitamente ataviada con joyas en la frente y pretendientes patricios a sus pies compitiendo entre sí para rendirle sus tributos.

Tal vez fue esto, el amor que pudo haber sido, lo que otorgaba a su rostro de suaves rasgos por momentos una mirada, tensa de significado reprimido, que infundía una extraña tendencia anhelante en los hermosos ojos, un encanto al que pocos podían resistirse.

¿Por qué tienen las mujeres esos ojos de hechicería? Los de Gerty eran del azul irlandés más azul, enmarcados por pestañas lustrosas y cejas oscuras y expresivas. Hubo un tiempo en que esas cejas no eran tan seductoramente sedosas. Fue Madame Vera Verity, directora de la sección «La mujer bella» de la revista Princess, quien le había aconsejado por primera vez que probara la cejolina, que confería esa expresión cautivadora a los ojos, tan propia de las líderes de la moda, y jamás se había arrepentido.

Luego estaba el sonrojo curado científicamente y cómo ser alta aumenta tu estatura y tienes un rostro hermoso pero ¿y tu nariz? Eso le vendría bien a la señora Dignam porque ella la tiene chata.

Pero la máxima gloria de Gerty era su prodigiosa cabellera. Era

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