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Capítulo 13

de la semana pasada se la pasó buscando para hacer juego con aquella felpilla pero por fin encontró lo que quería en las rebajas de verano de Clery, justo lo que buscaba, un poco ajado pero ni se nota, a siete dedos dos peniques y medio. ¡Ella solita se lo arregló y qué alegría la suya al probárselo entonces, sonriendo ante el encantador reflejo que el espejo le devolvía! Y cuando lo colocaba sobre la jarra de agua para que no perdiera la forma sabía que aquello iba a dejar a más de una con un palmo de narices que ella conocía.

Sus zapatos eran lo último en calzado (Edy Boardman se preciaba de ser muy menuda pero jamás había tenido un pie como el de Gerty MacDowell, un cinco, y jamás lo tendría ni de fresno, roble o olmo) con punteras de charol y una sola hebilla elegante en su empeine de alto arco.

Su tobillo bien torneado mostraba sus perfectas proporciones bajo la falda y la cantidad justa y nada más de sus bien formadas extremidades enfundadas en medias de punto fino con talones de doble refuerzo y anchos ribetes con ligas.

En cuanto a la ropa interior, era la principal debilidad de Gerty y ¿quién que conozca las palpitantes esperanzas y temores de los dulces diecisiete (aunque Gerty ya no volvería a ver los diecisiete) puede encontrar en su corazón el modo de culparla? Tenía cuatro monadas de juegos, con primorosos pespuntes, tres piezas y camisones aparte, y cada juego pasado con cintas de distinto color, rosa de té, azul pálido, malva y verde manzana, y los ponía a orear ella misma y los azuleaba cuando volvían de la colada y los planchaba y tenía un trozo de ladrillo para apoyar la plancha porque no se

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