en lo más hondo de su corazón. Todo por una sombra. El consorte ni siquiera era rey. Su hijo era la sustancia. Algo nuevo que esperar, no como el pasado que quería de vuelta, esperando. Nunca llega. Uno tiene que irse primero: solo, bajo tierra: y no volver a yacer en su cama caliente.
―¿Cómo estás, Simon?, dijo Ned Lambert en voz baja, estrechándole la mano. Hace siglos que no te veía.
—Nunca mejor. ¿Cómo están todos en la entrañable ciudad de Cork?
—Estuve allí abajo para las carreras del parque de Cork el Lunes de Pascua —dijo Ned Lambert—. Lo mismo de siempre con distinto collar. Me quedé en casa de Dick Tivy.
―¿Y qué tal Dick, el hombre de hierro?
―Nada entre él y el cielo, respondió Ned Lambert.
―¡Por san Pablo! ―dijo el señor Dedalus con asombro contenido―. ¿Dick Tivy calvo?
—Martin va a organizar una cuestación para los chiquillos —dijo Ned Lambert, señalando hacia adelante—. Unos chelines por cabeza. Solo para tirar adelante hasta que se arregle lo del seguro.
―Sí, sí, dijo el señor Dedalus dubitativamente. ¿Ese de delante es el hijo mayor?
―Sí —dijo Ned Lambert—, con el cuñado de la mujer. John Henry Menton está detrás. Anotó su nombre por una libra.
―Apuesto a que lo hizo —dijo el señor Dedalus—. A menudo le decía al