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Capítulo 6

de ternera a la parrilla para los hambrientos que se roen las entrañas. Ganas de hacer rabiar a la gente. Molly queriendo hacerlo en la ventana. Ocho hijos tiene de todos modos.

Él ha visto a bastantes venirse abajo en su tiempo, yacentes a su alrededor campo tras campo. Campos sagrados. Más sitio si los enterraran de pie. Sentados o de rodillas no se podía. ¿De pie? Algún día su cabeza asomaría por encima de la tierra en un corrimiento de tierras con la mano señalando.

Todo alveolado debe de estar el terreno: celdillas oblongas. Y muy limpio lo tiene también, hierba cortada y bordes recortados. Su jardín, el comandante Gamble lo llama Mount Jerome. Pues sí que lo es. Debería haber flores del sueño. Los cementerios chinos con amapolas gigantes creciendo producen el mejor opio, me dijo Mastiansky. Los Jardines Botánicos están justo ahí al lado.

Es la sangre que se hunde en la tierra la que da nueva vida. Misma idea la de esos judíos que dijeron que mataron al muchacho cristiano. Cada hombre tiene su precio. Caballero cadáver gordo y bien conservado, epicúreo, de valor incalculable para el huerto frutal. Una ganga. Por el cadáver de William Wilkinson, auditor y contable, últimamente difunto, tres libras trece y seis. Con agradecimiento.

Me atrevo a decir que la tierra estaría bien

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