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Capítulo 11

un encanto —contestó la señorita Douce—. ¿Y qué recetó el doctor hoy?

—Bien, pues —reflexionó—, como tú digas. Creo que voy a pedirte un poco de agua fresca y medio vaso de whisky.

Cascabel.

―Con la mayor presteza, la señorita Douce accedió.

Con gracia de presteza hacia el espejo dorado de Cantrell y Cochrane se volvió ella.

Con gracia sirvió a medida un trago de oro de su barrica de cristal.

De la falda del gabán sacó el señor Dedalus petaca y pipa. Con presteza sirvió ella.

Sopló por el cañón dos roncas notas de flautín.

―Por Júpiter —meditó—. A menudo he querido ver las montañas de Mourne. Debe de ser un gran tónico el aire por ahí abajo. Pero tanto va el cántaro a la fuente que al fin se rompe, dicen. Sí, sí.

Sí. Fue desmenuzando mechones de cabello, su cabello de doncella, de sirena, dentro del cuenco.

Virutas. Fragmentos. Cavilando. Mudo.

Nadie no dijo nada. Sí.

Alegremente la señorita Douce pulió un vaso, trinando:

― ¡Oh, Idolores, reina de los mares orientales!

―¿Estuvo el señor Lidwell hoy

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