la sangre, preguntándole a Alf:
—¿A que sí, Bergan?
―Myler barrió el suelo con él, dice Alf. Heenan y Sayers no fueron más que unos malnacidos en comparación. Le propinó una paliza de padre y señor mío. Mira al renacuajo, que no le llega al ombligo, y al granuja repartiendo. Dios, le metió un último viaje en el estómago. Con reglas de Queensberry y todo, le hizo vomitar lo que no había comido.
Fue un combate histórico y pesado cuando Myler y Percy debían calzarse los guantes por una bolsa de cincuenta soberanos.
Discapacitado como estaba por su falta de peso, el tierno corderito de Dublín lo compensó con una habilidad superlativa en el arte del ring.
El último asalto de fuegos artificiales resultó agotador para ambos campeones. El sargento mayor