su bastón de fresno con un lento vaivén desde el punto medio, suavemente.
—Esperemos que sí —dijo el rostro de bigotes redondos amablemente—.
Pero hágame caso. Piénselo.
Bajo la severa mano de piedra de Grattan, que ordenaba el alto, un tranvía de Inchicore descargó a desparramados soldados escoceses de una banda.
—Lo pensaré —dijo Stephen, bajando la mirada hacia la sólida pernera del pantalón.
― Ma, sul serio, eh? dijo Almidano Artifoni.
Su pesada mano cogió la de Stephen con firmeza. Ojos humanos. Miraron con curiosidad un instante y se volvieron rápidamente hacia un tranvía de Dalkey.
—Aquí está —dijo Almidano Artifoni con cordial prisa—. Venga a verme y piénselo. Adiós, querido.
― Arrivederla, maestro ―dijo