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Capítulo 13

con el babero babeado y quiso que se sentara bien y dijera pa pa pa pero al desabrochar la correa exclamó, santo san Dionisio, ¡si está empapado!, y dobló la media frazada del otro lado para ponerla debajo. Por supuesto que su majestad infantil se puso de lo más revoltoso en semejantes formalidades de tocador y se lo hizo saber a todo el mundo:

―Habaa baaaahabaaa baaaa.

Y dos hermosísimas lágrimas grandes rodando por sus mejillas. De nada servía calmarlo con no, nono, nene, no y hablándole del pipí y dónde estaba el chuchú, pero Ciss, siempre de chispa rápida, le metió en la boca la tetina del biberón y el joven pagano quedó rápidamente pacificado.

Gerty deseaba fervientemente que se llevaran a su mocoso chillón de una vez a su casa y no le pusieran los nervios de punta a esas horas para andar por ahí y los pequeños pestosos de los mellizos.

Miró hacia el mar lejano. Era como los cuadros que aquel hombre solía hacer en la acera con todas las tizas de colores y qué lástima también dejarlos ahí para que se borraran del todo, la tarde y las nubes saliendo y la luz del faro de Howth en la península y oír la música así y el perfume de aquel incienso que quemaban en la iglesia como una especie de ráfaga.

Y mientras miraba, su corazón latía pimpón.

Sí, era a ella a quien estaba mirando y había intención en su mirada. Sus ojos la abrasaban como si quisieran escrudiñarla de arriba abajo, leerle hasta el alma. Eran unos ojos maravillosos, soberbiamente expresivos, ¿pero podía una fiarse de ellos? La gente era tan rara. Pudo ver enseguida por sus ojos oscuros y su pálido rostro intelectual que era un extranjero, la imagen de la

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