extrañamente demacrado, le pareció el más triste que jamás hubiera visto.
Por la ventana abierta de la iglesia flotaba el fragante incienso y con él los fragantes nombres de aquella que fue concebida sin mancha de pecado original, vaso espiritual, rogad por nosotros, vaso honorable, rogad por nosotros, vaso de singular devoción, rogad por nosotros, rosa mística.
Y allí había corazones abrumados por las preocupaciones y obreros que se ganaban el pan de cada día y muchos que habían errado y vagado, con los ojos húmedos de contrición pero a pesar de todo brillantes de esperanza, pues el reverendo padre Hughes les había dicho lo que el gran san Bernardo decía en su famosa oración a María, acerca del poder intercesor de la piadosísima Virgen: que no se tenía noticia en ninguna época de que aquellos que imploraran su poderosa protección hubieran sido jamás abandonados por ella.
Los dos