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Capítulo 5

El mismo aviso en la puerta. Sermón del muy reverendo padre John Conmee S. J. sobre san Pedro Claver y la misión africana. Salven los millones de chinos. Me pregunto cómo se lo explican al pagano chino. Prefieren una onza de opio. Celestiales. Pura herejía para ellos. También rezaban por la conversión de Gladstone cuando estaba casi inconsciente. Los protestantes igual. Conviertan al doctor William J. Walsh D. D. a la religión verdadera. Buda su dios tumbado de lado en el museo. Tomándosela con calma con la mano bajo la moflete. Varillas de incienso ardiendo. No como el Ecce Homo. Corona de espinas y cruz. Buena idea la de san Patricio y el trébol. ¿Palillos? Conmee: Martin Cunningham lo conoce: aspecto distinguido. Pena que no lo influyera para meter a Molly en el coro en vez de ese tal padre Farley que tenía cara de tonto pero no lo era. De eso los adoctrinan. No va a salir por ahí con gafas ahumadas y el sudor chorreándole a bautizar negros, ¿o sí? Las gafas les llamarían la atención, brillando. Gusto de verlos sentados en corro con labios morcillones, embelesados, escuchando. Naturaleza muerta. Se lo tragarán como leche, supongo.

El frío olor a piedra sagrada lo llamó. Holló los gastados peldaños, empujó la puerta de vaivén y entró sigilosamente por la parte trasera.

Algo pasa: alguna cofradía. Lástima que tan vacía. Bonito sitio discreto para estar al lado de alguna chica. ¿Quién es mi prójimo? Apretados hora tras hora al son de música lenta. Esa mujer en la misa del gallo. El séptimo cielo. Mujeres arrodilladas en los bancos con lazos carmesí alrededor del cuello, la cabeza inclinada. Un grupo arrodillado en las balaustradas del altar. El sacerdote iba pasando junto a ellas, murmurando, sosteniendo la cosa en las manos. Se detenía en cada una, sacaba una comunión, le sacudía

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