que cuando nací, aunque todo mi cuerpo haya sido tejido con materia nueva una y otra vez, así a través del fantasma del padre inquieto se asoma la imagen del hijo no vivo. En el instante intenso de la imaginación, cuando la mente, dice Shelley, es un carbón que se apaga, lo que fui es lo que soy y lo que en potencia puedo llegar a ser. Así en el futuro, hermana del pasado, podré verme tal como estoy sentado aquí ahora, pero por reflejo de lo que entonces seré.
Drummond de Hawthornden te ayudó en aquel paso.
―Sí, —dijo el señor Best con aire juvenil—, siento a Hamlet bastante joven. La amargura tal vez sea del padre, pero los pasajes con Ofelia son sin duda del hijo.
Tiene la soga al cuello.
Él está en mi padre. Yo estoy en su hijo.
—Ese lunar es el último en irse —dijo Stephen, riendo.
John Eglinton hizo una mueca nada complaciente.
―Si esa fuera la marca de nacimiento del genio —dijo—, el genio abundaría en el mercado. Las obras de los últimos años de Shakespeare que Renan admiraba tanto respiran otro espíritu.
—El espíritu de reconciliación —susurró el bibliotecario cuáquero.
―No puede haber reconciliación, dijo Stephen, si no ha habido una separación.
Dicho y hecho.
—Si queréis saber cuáles son los acontecimientos que proyectan