Antes que nada, el señor Bloom sacudió la mayor parte de las virutas y le entregó a Stephen el sombrero y el bastón de fresno y lo animó en general al estilo de un buen samaritano, cosa que le hacía muchísima falta.
Su mente (la de Stephen) no era exactamente lo que se llama errante, sino algo inestable y, ante su deseo expreso de tomar alguna bebida, el señor Bloom, teniendo en cuenta la hora que era y que no había surtidores de agua del Vartry disponibles para sus abluciones, ni qué decir para beber, dio con un recurso al sugerir, sobre la marcha, la conveniencia del refugio del cochero, como lo llamaban, a tiro de piedra cerca del puente Butt, donde podrían encontrar algo de beber a base de leche con sifón o un refresco mineral.
Pero cómo llegar allí era el problema. Por el momento se quedó bastante desconcertado, pero puesto que el deber recaía claramente sobre él de tomar algunas medidas al respecto, sopesó los medios y modos adecuados mientras Stephen bostezaba repetidamente. Por lo que pudo ver, estaba bastante pálido de rostro, de modo que se le ocurrió que era muy aconsejable conseguir un carruaje de algún tipo que respondiera a su estado de entonces, estando los dos con una buena curda, en especial Stephen, siempre suponiendo que se pudiera encontrar semejante cosa.
En consecuencia, tras unos cuantos preliminares de este tipo, como, a pesar de haberse olvidado de recoger su pañuelo bastante jabonoso después de haber prestado un servicio valiosísimo en el aspecto del afeitado, el cepillado, ambos caminaron juntos por Beaver Street, o, más propiamente, callejón, hasta la herrería y la atmósfera claramente fétida de las caballerizas de alquiler en la esquina de Montgomery Street, donde tomaron hacia la izquierda para salir desde allí a Amiens Street dando la vuelta por la esquina de Dan Bergin.
Pero, como con toda seguridad había previsto, ni rastro de un Jehu buscando clientes por ninguna parte, salvo un coche de cuatro ruedas, probablemente alquilado por unos tipos de juerga dentro, frente al Hotel North Star, y no había indicios de que se moviera ni un cuarto de pulgada cuando el señor Bloom, que era cualquier cosa menos un silbador profesional, intentó llamarlo emitiendo una especie de silbido, con los brazos arqueados sobre la cabeza, dos veces.
Esto era un dilema pero, aplicando el sentido común, evidentemente no quedaba otra que hacer de tripas corazón y tirar a pie, como en efecto hicieron.
Así, dando un rodeo por lo de Mullet y la Estación de Señales, a la que no tardaron en llegar, prosiguieron a la fuerza en dirección a la terminal ferroviaria de la calle Amiens, viéndose el señor Bloom con el hándicap de que uno de los botones traseros de sus pantalones había, para variar el tópico refrán, seguido el camino de todos los botones, aunque, metiéndose de lleno en el espíritu del asunto, restó importancia heroica a la contingencia.
De modo que, como ninguno de los dos iba particularmente apurado de tiempo, según se dio el caso, y la temperatura resultaba refrescante desde que despejó tras la reciente visita de Júpiter Pluvioso, se fueron paseando más allá de donde el coche de punto aguardaba sin pasajero ni cochero. Dándose la coincidencia de que un esparcidor de arena de la Compañía de Tranvías Unidos de Dublín pasaba de regreso y el de más edad le relató a su compañero, a propósito del incidente, su propia y verdaderamente milagrosa salvación de hacía un ratito.
Pasaron por la entrada principal de la estación del Great Northern, punto de partida para Belfast, donde por supuesto todo el tráfico estaba suspendido a altas horas, y pasando por la puerta trasera de la morgue (un lugar no muy atrayente, por no decir macabro a más no poder, más especialmente de noche), llegaron por fin al Dock Tavern y a su debido tiempo doblaron hacia la calle Store, famosa por su comisaría de policía de la división C.
Entre este punto y los altos almacenes, por el momento sin iluminar, de Beresford Place, Stephen se puso a pensar en Ibsen, asociado de algún modo en su mente con la marmolería de Baird en Talbot Place, primera bocacalle a la derecha, mientras que el otro, que actuaba como su fidus Achates, inhalaba con satisfacción interna el olor de la panadería municipal de James Rourke, situada muy cerca de donde estaban, el mismísimo y apetitoso olor de nuestro pan de cada día, de todas las mercancías del público la primera y más indispensable.
- El pan, sustento de la vida, gana tu pan, ¡oh, dime dónde hay pan de ilusión!
- En lo de Rourke el panadero, según dicen.
En ruta, hacia su taciturno y, por decirlo sin tapujos, aún no del todo sobrio compañero, el señor Bloom, que en todo caso estaba en el pleno uso de sus facultades, más aún que nunca, de hecho asquerosamente sobrio, le dirigió una palabra de advertencia acerca de los peligros de la barriada nocturna, mujeres de mala fama y carteristas elegantes, lo cual, apenas permisible de uvas a peras, aunque no como práctica habitual, era poco menos que una ratonera en toda regla para los jóvenes de su edad, en especial si habían adquirido hábitos de beber bajo la influencia del licor, a menos que uno supiera un poco de yuyutsu para cualquier eventualidad, ya que incluso un tipo tirado de espaldas podía propinar una patada desagradable si uno no andaba con cuidado. Muy providencial fue la aparición en escena de Corny Kelleher cuando Stephen estaba plácidamente inconsciente de que, de no ser porque aquel hombre en la brecha apareció en el último minuto, el finis bien pudo haber sido que fuera candidato a la sala de urgencias o, a falta de esta, al calabozo y a una comparecencia al día siguiente ante el tribunal de don Tobias, o, siendo este el procurador, más bien el viejo Wall, quería decir, o Malony, lo cual simplemente significaba la ruina para un muchacho si llegaba a correr la voz. El motivo de mencionar el hecho era que muchos de dichos policías, por quienes sentía una cordiales antipatías, eran harto inescrupulosos al servicio de la Corona y, según expresó el señor Bloom, recordando uno que otro caso de la División A en la calle Clanbrassil, capaces de jurar que un caldero de diez galones tiene un agujero. Nunca en el lugar cuando se les necesita, pero en las zonas tranquilas de la Ciudad, Pembroke Road, por ejemplo, los guardianes de la ley hacían acto de presencia de sobra, siendo la obviedad evidente que se les pagaba para proteger a las clases altas. Otra cosa que comentó fue equipar a los soldados con armas de fuego o armas blancas de cualquier clase, propensas a dispararse en cualquier momento, lo cual equivalía a incitarlos contra los civiles si por casualidad llegaban a discutir por cualquier motivo. Uno desperdiciaba el tiempo, sostenía con mucha sensatez, y la salud y asimismo la reputación, aparte de la manía del despilfarro del asunto, las mujeres mundanas del demimonde se esfumaban con una buena suma de libras, chelines y peniques de propina, y el mayor peligro de todos era con quién se emborrachaba uno, si bien, tocando la muy debatida cuestión de los estimulantes, a él le apetecía una copa de un vino añejo selecto en su debido momento, por considerarlo nutritivo y reconstituyente de la sangre y por poseer virtudes aperentes (notablemente un buen borgoña del que era un firme devoto), sin pasar jamás de cierto punto donde invariablemente trazaba la raya, ya que sencillamente acarreaba problemas por doquier, por no hablar de quedar a la total merced de los demás en la práctica. Por encima de todo, criticó duramente el abandono de Stephen por parte de todos sus cofrades taberneros a excepción de uno, un acto flagrante de traición por parte de sus colegas médicos dadas todas las circunstancias.
—Y ése era Judas, dijo Stephen, que hasta entonces no había dicho absolutamente nada de ninguna clase.
Discutiendo sobre estos y afines temas, enfilaron en línea recta por la parte trasera de la Aduana y pasaron bajo el puente de la línea de circunvalación cuando un braserillo de coque encendido frente a una garita, o algo parecido a una, atrajo sus pasos bastante rezagados.
Stephen por propia iniciativa se detuvo sin motivo especial para mirar el montón de áridos adoquines y a la luz que emanaba del brasero apenas pudo distinguir la figura más oscura del vigilante del ayuntamiento dentro de la penumbra de la garita.
Empezó a recordar que aquello había sucedido, o se había mencionado como algo ya sucedido, antes, pero le costó no poco esfuerzo antes de acordarse de que reconocía en el centinela a un antiguo amigo de su padre, Gumley. Para evitar un encuentro se acercó más a los pilares del puente ferroviario.
—Alguien lo saludó, dijo el señor Bloom.
Una figura de estatura mediana al acecho, evidentemente, bajo los arcos volvió a saludar, gritando: ¡Noche!
Stephen, por supuesto, dio un traspiés bastante mareado y se detuvo a devolver el saludo.
Mr Bloom, movido por motivos de delicadeza inherente, puesto que siempre creía en ocuparse de sus propios asuntos, se alejo pero permaneció sin embargo en el qui vive con un tinte de ansiedad aunque sin acojonarse lo más mínimo.
Aunque inusual en la zona de Dublín, sabía que no era en modo alguno desconocido que maleantes que casi no tenían nada para vivir anduvieran al acecho atracando y aterrorizando en general a pacíficos transeúntes poniéndoles una pistola en la cabeza en algún lugar recóndito a las afueras de la ciudad propiamente dicha, merodeadores hambrientos de la categoría del terraplén del Támesis que pudieran estar rondando por allí o meros merodeadores dispuestos a largarse con el botín que pudieran de un solo golpe y en el acto, la bolsa o la vida, dejándolo a uno allí para que sirva de moraleja, mordaceado y amordazado.
Stephen, fue entonces cuando la figura abordante acortó las distancias y, aunque él mismo no se encontraba en un estado muy sobrio, reconoció el aliento de Corley impregnado de aguardiente de maíz podrido.
Lord John Corley, le llamaban algunos, y su genealogía se había gestado de este modo. Era el hijo mayor del inspector Corley, de la división G, recientemente fallecido, el cual se había casado con cierta Katherine Brophy, hija de un granjero de Louth.
Su abuelo, Patrick Michael Corley, de New Ross, se habia casado con la viuda de un tabernero de allí cuyo apellido de soltera había sido Katherine (también) Talbot. Corría el rumor, aunque no estaba probado, de que ella descendía de la casa de los lores Talbot de Malahide, en cuya mansión —que era en verdad una residencia indudablemente fina en su género y digna de verse— su madre, o su tía, o algún pariente había tenido el honor de estar al servicio en el lavadero.
Esta era, por tanto, la razón por la cual aquel hombre todavía relativamente joven, aunque dissoluto, que ahora se dirigía a Stephen era mencionado por algunos de inclinaciones jocosas como Lord John Corley.
Aparte a Stephen, le soltó su habitual letanía melancólica.
- Ni un cuarto de chelaje para pagarse un techo donde pasar la noche.
- Sus amigos le habían dado todos la espalda.
- Además, había tenido una pelea con Lenehan y lo había llamado ante Stephen un maldito mequetrefe mezquino, aparte de propinarle un sinfín de improperios innecesarios.
- Estaba en el paro y le suplicó a Stephen que le dijera dónde diablos podía encontrar algo, cualquier cosa que hacer.
No, era la hija de la madre del cuarto de la colada que era hermana de leche del heredero de la casa, o si no, estaban emparentados por parte de madre de alguna manera, dándose ambos sucesos al mismo tiempo si es que todo aquello no era un completo invento de principio a fin.
Como fuera, estaba hecho polvo.
—No te lo pediría, de no ser, prosiguió él, bajo mi solemne juramento y Dios sabe que estoy en la ruina.
―Mañana o pasado mañana habrá un puesto, le dijo Stephen, en una escuela de muchachos en Dalkey para ujier caballero. El señor Garrett Deasy. Pruébalo. Puedes mencionar mi nombre.
―Ah, Dios, contestó Corley, si es que yo no podría enseñar en un colegio, hombre. Nunca fui de los listos, añadió con media risa. Repetí dos veces cuarto en los Hermanos Cristianos.
―Yo mismo no tengo dónde dormir —le informó Stephen.
Corley, a la primera de cambio, se inclinaba a sospechar que se trataba de algo relacionado con que a Stephen lo hubieran echado de su penca por meter a una puta sangrienta de la calle.
Había un atorranteadero en la calle Marlborough, el de la señora Maloney, pero no era más que de a testú y estaba lleno de indeseables, aunque M’Conachie le dijo que por un chelín te daban una comida bastante decente en la Brazen Head, allá por la calle Winetavern (lo que le sugería remotamente al aludido al fraile Bacon).
Él también se moría de hambre, aunque no había dicho ni una palabra al respecto.
Aunque cosas de esta índole pasaban una noche sí y otra no, o poco menos, los sentimientos de Stephen seguían dominándole en cierto sentido, si bien sabía que la flamante milonga de Corley, a la par que las otras, apenas merecía mucho crédito. Sin embargo, haud ignarus malorum miseris succurrere disco, etcétera, como observa el poeta latino, sobre todo porque, casualmente, a él le pagaban su soldada cada mitad de mes, el dieciséis, que era la fecha del mes a decir verdad, aunque buena parte del metálico estuviera ya fulminada. Pero lo mejor del caso era que nadie le sacaría a Corley de la cabeza que él vivía en la abundancia y no tenía otra cosa que hacer que soltar la guita, mientras que... Metió la mano en un bolsillo de todos modos, no con la idea de encontrar allí ningún alimento, sino pensando que podría prestarle cualquier cosa hasta un chelín o así a cambio para que al menos pudiera intentar procurarse lo suficiente para comer. Pero el resultado fue negativo, pues, para su chasco, descubrió que le faltaba el dinero. Unas cuantas galletas rotas fueron todo el resultado de su exploración. Hizo su mayor esfuerzo por recordar en ese momento si lo había perdido, como muy bien podía haber ocurrido, o se lo había dejado, porque en esa eventualidad el panorama no era nada halagüeño, más bien todo lo contrario, de hecho. Estaba demasiado agotado para emprender una búsqueda exhaustiva, aunque intentó acordarse de unas galletas que vagamente recordaba. ¿Quién se las había dado exactamente, o dónde estaba, o las había comprado? Sin embargo, en otro bolsillo dio con lo que en la oscuridad supuso que eran peniques, lo cual resultó ser erróneo, no obstante.
—Son medias coronas, hombre —le corrigió Corley.
Y de hecho, así resultaron ser.
Stephen le prestó uno de ellos.
―Gracias —respondió Corley—. Es usted un caballero. Se lo devolveré algún tiempo de estos. ¿Quién es ese que va con usted? Le he visto un par de veces en el Bleeding Horse, en la calle Camden, con Boylan, el de los carteles. Podría interceder por mí para que me cojan ahí. Yo llevaría un cartel de publicidad ambulante, solo que la chica de la oficina me dijo que están a tope durante las próximas tres semanas, hombre. ¡Válgame Dios, hay que reservar con antelación, hombre, uno diría que es para la compañía Carl Rosa! De todos modos, me importa un bledo con tal de conseguir un trabajo, aunque sea de barrendero de cruces.
Posteriormente, no sintiéndose tan abatido tras los dos y seis que ligó, le puso al corriente a Stephen sobre un sujeto llamado Bags Comisky que, según dijo, Stephen conocía bien de lo de Fullam, el proveedor de barcos, el contable de allí, que solía andar a menudo por la parte de atrás de Nagle con O’Mara y un tío pequeño que tartamudeaba llamado Tighe. Como fuere, lo habían trincado la antevíspera y le habían metido una multa de diez pavos por borracho y escandaloso y por negarse a ir con el gendarme.
Mr. Bloom entre tanto andaba esquivándose por los alrededores de los adoquines junto al brasero de coque frente a la garita del vigilante municipal, el cual, evidentemente un gluto del trabajo, según se le antojó, se estaba echando un buen sueñecito de cuarenta guiños a todos los efectos por su cuenta y riesgo mientras Dublín dormía.
Echaba de vez en cuando alguna que otra mirada de soslayo al interlocutor de Stephen, que de impecablemente vestido no tenía nada, como si hubiera visto a aquel noble en alguna parte aunque dónde no estaba en condiciones de afirmar verídicamente ni tenía la remota idea de cuándo.
Como era un individuo sensato capaz de darle sopas con ondas a no pocos en materia de perspicaz observación, advirtió también su sombrero de muy capa caída y su ropa desaliñada en general, que testificaban una penuria crónica.
Probablemente era uno de sus parásitos, pero a fin de cuentas era meramente una cuestión de unos a costa de los otros en toda la línea, en cada abismo, por decirlo así, un abismo más profundo y a fin de cuentas si el hombre de la calle tuviera la suerte de verse en el banquillo él mismo, los trabajos forzados, con o sin la opción de multa, serían un auténtico rara avis.
En cualquier caso tenía una cantidad consumada de desparpajo interceptando a la gente a esas horas de la noche o de la mañana. Bien gordo eso era desde luego.
Ambos se separaron y Stephen se reunió con el señor Bloom, quien con su ojo experto no dejó de advertir que este había sucumbido a la blandilocuencia del otro parásito. Aludiendo al encuentro, dijo, riendo, es decir, Stephen:
―Está pasando por un mal momento. Me pidió que te pidiera que le pidieras a alguien llamado Boylan, un pegador de carteles, que le dé trabajo de hombre anuncio.
A esta noticia, en la que al parecer demostró poco interés, el señor Bloom miró distraídamente durante el espacio de medio segundo más o menos en dirección a una draga de cangilones, que se ufanaba con el famosísimo nombre de Eblana, amarrada junto al muelle de la Aduana y muy posiblemente averiada, tras lo cual observó evasivamente:
―Todos reciben su propia ración de suerte, según dicen. Ahora que lo mencionas, su cara me resultaba familiar. Pero dejando eso a un lado por el momento, ¿cuánto soltaste?, preguntó, ¿si no soy demasiado indiscreto?
—Media corona —respondió Stephen—. Me atrevo a decir que la necesita para dormir en alguna parte.
—Necesidades —exclamó el señor Bloom, sin profesar la menor sorpresa ante la noticia—, puedo dar fe de lo que afirma y le garantizo que invariablemente lo hace. A cada cual según sus necesidades y a cada cual según sus obras.
Pero hablando de cosas en general, ¿dónde —añadió con una sonrisa— dormirá usted? Ir caminando a Sandycove está fuera de discusión y, aun suponiendo que lo hiciera, no le dejarán entrar después de lo que pasó en la estación de Westland Row. Solo ir a matarse allí para nada. No pretendo presumir de dictarle en lo más mínimo, pero ¿por qué dejó la casa de su padre?
―Buscar desgracias, fue la respuesta de Stephen.
―Conocí a su respetado padre en una ocasión reciente —respondió diplomáticamente Mr Bloom—. Hoy mismo, de hecho, o, para ser estrictamente exacto, ayer. ¿Dónde vive actualmente? Creí entender en el curso de la conversación que se había mudado.
―Creo que anda por Dublín en alguna parte —respondió Stephen con indiferencia—. ¿Por qué?
―Un hombre con talento, dijo el señor Bloom refiriéndose al viejo señor Dedalus, en más de un sentido y un cuentista nato si es que lo ha habido nunca. Se siente muy orgulloso de ti, con toda la legitimidad.
Podrías volver, tal vez, arriesgó, todavía pensando en la desagradable escena de la terminal de Westland Row cuando era perfectamente evidente que los otros dos, Mulligan, es decir, y aquel amigo suyo turista inglés, que al final dejaron a su tercer compañero con un palmo de narices, intentaban descaradamente, como si toda la maldita estación fuera suya, darle esquinazo a Stephen en medio del desconcierto.
No hubo respuesta alguna a la sugerencia, sin embargo, tal como era, pues el ojo de la mente de Stephen estaba demasiado ocupado recreando el hogar familiar la última vez que lo vio, con su hermana Dilly sentada junto al fuego, el pelo suelto, esperando a que estuviera listo un cacao flojo de cáscara de Trinidad que estaba en la tetera tiznada para que ella y él pudieran beberlo con agua de avena en vez de leche después de los arenques del viernes que se habían comido a dos por un penique, con un huevo para cada uno de Maggy, Boody y Katey, mientras el gato debajo del rodillo devoraba un revoltijo de cáscaras de huevo y cabezas de pescado carbonizadas y espinas sobre un trozo de papel de estraza en conformidad con el tercer precepto de la iglesia de ayunar y abstenerse en los días mandados, por ser témporas o, si no, días de rogativa o algo por el estilo.
—No —repitió de nuevo Mr. Bloom—, yo personalmente no pondría mucha confianza en ese entrañable compañero tuyo que aporta el elemento humorístico, el doctor Mulligan, como guía, filósofo y amigo, si estuviera en tu pellejo. Sabe muy bien de qué lado le viene el pan, aunque con toda probabilidad jamás ha sabido lo que es pasar sin comidas regulares. Claro que tú no te diste tanta cuenta como yo, pero no me sorprendería lo más mínimo enterarme de que te echaron una pizca de tabaco o algún narcótico en la bebida con algún fin avieso.
Comprendió, sin embargo, por todo lo que oyó, que el doctor Mulligan era un hombre polifacético y completo, de ningún modo limitado solo a la medicina, que estaba abriéndose camino rápidamente en su especialidad y que, de confirmarse los rumores, prometía disfrutar de una consulta próspera en un futuro no muy lejano como médico pituco que cobraba unos honorarios magníficos por sus servicios, además de lo cual su estatus profesional, su rescate de aquel hombre de una muerte segura por ahogamiento mediante respiración artificial y eso que llaman primeros auxilios en Skerries —¿o fue en Malahide?— era, tenía que admitir, una acción sumamente valerosa que no podía alabar lo suficiente, de modo que, hablando claro, no lograba explicarse de ningún modo qué razón mundana podía haber detrás de aquello, a menos que lo achacara a pura mala leche o a los celos, puros y simples.
—A no ser que simplemente se reduzca a una sola cosa y él se dedique a lo que llaman exprimirle el magín —se arriesgó a soltar.
La mirada cautelosa, media solicitud, media curiosidad, acrecentada por la amabilidad, que dirigió a la expresión por el momento huraña de los rasgos de Stephen no arrojó un torrente de luz, ninguna en absoluto de hecho, sobre el problema de si se había dejado embaucar pero bien, a juzgar por dos o tres observaciones alicaídas que dejó caer, o, al revés, veía a través del asunto y, por hache o por be mejor sabida por él mismo, permitía que las cosas más o menos …
La indigencia extrema producía efectivamente ese efecto y conjeturaba sobradamente que, por muy altas capacidades educativas que poseyera, experimentaba no poca dificultad para llegar a fin de mes.
Contiguo al urinario público de hombres divisó un carrito de helados alrededor del cual un grupo de presuntos italianos en encendida discusión se deshacían en expresiones volubles en su vivaz idioma de un modo particularmente animado, habiendo algunas pequeñas diferencias entre las partes.
—¡Putana madonna, que nos dé la pasta! ¿Tengo razón? ¡Culorroto!
―Que nos entendamos. Medio soberano más…
— Dice lui, però.
— ¡Canalla! ¡Los muertos de su puta madre!
Mr. Bloom y Stephen entraron en el refugio del cochero, una estructura de madera sin pretensiones donde, antes de aquello, pocas veces, o tal vez ninguna, había estado; habiéndole susurrado previamente el primero al segundo unos cuantos indicios acerca del encargado del mismo, de quien se decía que era el otrora famoso Skin-the-Goat, Fitzharris, el invencible, aunque no respondería de los hechos reales, de los que muy posiblemente no hubiera ni un vestigio de verdad.
Unos momentos después vio a nuestros dos noctámbulos sentados a buen recaudo en un rincón discreto, solo para ser recibidos con las miradas de la colección decididamente miscelánea de vagabundos y descarriados y otros especímenes indescriptibles del género homo, ya allí ocupados en comer y beber, amenizado con conversación, para quienes al parecer constituían un objeto de marcada curiosidad.
—Tocar una taza de café, —se aventuró a sugerir verosímilmente don Leopoldo para romper el hielo—, me hace pensar que usted debería probar algo en forma de comida sólida, digamos un panecillo de alguna clase.
De acuerdo con esto, su primer acto consistió, con su característico sang-froid, en encargar tranquilamente estas mercancías. El vulgo de cocheros de punto o estibadores, o lo que fueran, tras un examen superficial, apartó los ojos, al parecer insatisfechos, aunque un individuo pelirrojo y beodo, parte de cuyo pelo era grisáceo, marinero probablemente, siguió mirando durante un tiempo apreciable antes de transferir su atención absorta al suelo.
El señor Bloom, haciendo valer su derecho a la libertad de expresión, a pesar de conocer apenas de vista el idioma en cuestión aunque, a buen seguro, con ciertas dudas respecto a voglio, le comentó a su protegido en un tono de voz audible, a propósito de la batalla campal en la calle que aún seguía en su punto álgido y furiosa:
—Un hermoso idioma. Me refiero a los efectos del canto. ¿Por qué no escribe su poesía en ese idioma? ¡Bella Poetria!, es tan melódico y lleno. Belladonna voglio.
Stephen, que hacía todo lo posible por bostezar, si es que podía, aquejado de una fatiga mortal en general, contestó:
―Para llenarle el oído a una elefanta. Estaban regateando por dinero.
―¿Es eso así? —preguntó el señor Bloom.
Claro que sí —añadió pensativo, al reflexionar interiormente sobre el hecho de que había más lenguas para empezar de las estrictamente necesarias—, quizá no sea más que el encanto meridional que la envuelve.
El encargado del refugio, en mitad de este tête-à-tête, puso sobre la mesa una taza humeante y rebozante de un brebaje selecto etiquetado como café y un ejemplar bastante antediluviano de bollo, o eso parecía, tras lo cual emprendió la retirada hacia su mostrador. Don Leopoldo, resuelto a echarle luego una buena ojeada para no parecer que… razón por la cual animó a Esteban a seguir con la mirada mientras hacía los honores empujando sigilosamente la taza de lo que temporalmente se suponía que debía llamarse café, acercándosela poco a poco.
—Los sonidos son imposturas, dijo Stephen tras una pausa no muy breve. Como los nombres, Cicerón, Podmore, Napoleón, el señor Goodbody, Jesús, el señor Doyle, los Shakespeares eran tan comunes como los Murphies. ¿Qué hay en un nombre?
―Sí, sin duda —convino con naturalidad el señor Bloom—. Por supuesto. Nuestro apellido también fue cambiado —añadió, empujando el llamado rollo hacia el otro lado—.
El marinero de barba roja, que vigilaba de reojo a los recién llegados, abordó directamente a Stephen, a quien había señalado para prestarle atención en particular, preguntándole sin rodeos:
―¿Y se puede saber cuál es tu nombre?
Justo a tiempo el señor Bloom tocó la bota de su compañero, pero Stephen, al parecer sin hacer caso de la cálida presión llegada de un flanco inesperado, contestó:
―Dedalus.
El marinero lo miró fijamente con pesadez desde un par de ojos somnolientos y abotagados, bastante achinados por el uso excesivo de ginebra, preferiblemente de la buena y vieja ginebra holandiza rebajada con agua.
—¿Conoces a Simon Dedalus? —preguntó al fin.
―He oído hablar de él —dijo Stephen.
El señor Bloom se quedó desconcertado por un momento, al ver que los otros evidentemente también estaban escuchando a escondidas.
—Es irlandés —afirmó el audaz marinero, mirando todavía de la misma manera y asintiendo con la cabeza—. Todo irlandés.
—Demasiado irlandés, ripostó Stephen.
En cuanto a don Leopold Bloom, no le encontraba pies ni cabeza a todo el asunto y apenas se estaba preguntando qué posible conexión cuando el marinero, por propia iniciativa, se volvió hacia los demás ocupantes del refugio con el comentario:
—Le vi dispararle a dos huevos sobre dos botellas a cincuenta yardas por encima del hombro. El zurdo tirador infalible.
Aunque se veía ligeramente dificultado por un tartamudeo ocasional y sus gestos también eran torpes, aun así hizo todo lo posible por explicarse.
—Una botella ahí fuera, digamos. Cincuenta yardas medidas. Huevos en las botellas. Monta el martillo de su escopeta sobre el hombro. Apunta.
Giró el cuerpo a medias, cerró del todo el ojo derecho, luego contrajo las facciones de algún modo hacia un lado y miró fijamente hacia la noche con una expresión desagradable.
―Pom, gritó entonces una vez.
Todo el público aguardaba, anticipando una detonación adicional, ya que quedaba aún un huevo más.
―Pom, llamó dos veces.
Huevo dos evidentemente aniquilado, asintió y guiñó un ojo, añadiendo con sed de sangre:
―Buffalo Bill shoots to kill, Never missed nor he never will.
Se hizo un silencio hasta que a don Leopoldo, por aquello de ser sociable, le dio por preguntarle si era para un concurso de tiro al blanco como el de Bisley.
—Disculpe, dijo el marinero.
―¿Hace mucho tiempo? —prosiguió don Leopoldo sin retroceder ni un pelo.
—Pues, respondió el marinero, relajándose hasta cierto punto bajo la influencia mágica de ladrón que roba a ladrón, podría ser cosa de diez años. Recorrió el ancho mundo con el Circo Real de Hengler. Lo vi hacer eso en Estocolmo.
—Curiosa coincidencia —le confió discretamente el señor Bloom a Stephen.
—Murphy es mi nombre —prosiguió el marinero—, W. B. Murphy, de Carrigaloe. ¿Sabe dónde queda eso?
—Puerto de Queenstown —respondió Stephen.
―Así es, dijo el marinero. El fuerte Camden y el fuerte Carlisle. De ahí es de donde soy. Mi mujercita está allí abajo. Me está esperando, lo sé. Por Inglaterra, el hogar y la belleza. Es mi propia y verdadera esposa a la que no veo desde hace ya siete años, navegando por ahí.
Mr. Bloom podía imaginarse fácilmente su llegada a esta escena: el regreso al refugio del marinero al borde del camino tras habérsela jugado a Davy Jones, una noche lluviosa con una luna ciega. Al otro lado del mundo por una esposa. Había bastante cantidad de historias sobre ese preciso tema a lo estilo Alice Ben Bolt, Enoch Arden y Rip van Winkle y ¿se acuerda alguien por estos lares de Caoc O’Leary?, una pieza de declamación favorita y de lo más pesadita, por cierto, del pobre John Casey y un pedacito de poesía perfecta a su pequeña manera. Nunca sobre la esposa fugitiva que regresa, por muy devota que fuera del ausente. ¡La cara en la ventana! ¡Juzgad su asombro cuando por fin rompió la cinta y la terrible verdad amaneció para él sobre su otra mitad, naufragado en sus afectos! No te esperabas para nada que viniera pero he venido para quedarme y empezar de nuevo. Ahí está sentada, una viuda de vivo, junto al mismísimo fogón. Me cree muerto. Mecido en la cuna del abismo. Y ahí está sentado el tío Chubb o Tomkin, según se dé el caso, el tabernero del Crown and Anchor, en mangas de camisa, comiendo bistec de lomo con cebolla. No hay silla para el padre. ¡Buh! ¡El viento! Su flamante advenimiento está en su rodaja, hijo post mortem. ¡Con un jéi ro y un rándi ro y mi galopante y desaforado tándi o! A inclinarse ante lo inevitable. A aguantar el tipo. Quedo con mucho amor de vuestro desconsolado esposo, W. B. Murphy.
El marinero, que apenas parecía ser vecino de Dublín, se dirigió a uno de los cocheros con la petición:
—¿No tendrás por casualidad un cabo de tabaco de sobra por ahí?
El jarretero al que se dirigió, da la casualidad de que no tenía, pero el tabernero sacó un dado de tabaco de hebra de su buena chaqueta colgada de un clavo y el objeto deseado pasó de mano en mano.
―Gracias ―dijo el marinero.
Se metió el tabaco en la boca y, masticando, y con algunas lentas tartamudeces, prosiguió:
―Llegamos esta mañana a las once. El tres palos Rosevean, de Bridgwater, con ladrillos. Me embarqué para cruzar. Me liquidaron esta tarde. Ahí está mi baja. ¿Ve? W. B. Murphy, marinero competente.
En confirmación de lo cual extrajo de un bolsillo interior y entregó a sus vecinos un documento doblado de aspecto no muy limpio.
—Debe de haber visto una buena parte del mundo —comentó el posadero, apoyándose en el mostrador.
—Pues, respondió el marinero, pensándolo bien, he dado unas cuantas vueltas al mundo desde que me embarqué por primera vez. Estuve en el Mar Rojo. Estuve en China, en Norteamérica y en Sudamérica. He visto témpanos a montones, trozos de hielo flotante. Estuve en Estocolmo y en el Mar Negro, en los Dardanelos, bajo el mando del capitán Dalton, el mejor maldito hombre que jamás haya echado a pique un barco. He visto Rusia. Gospodi pomilooy. Así es como rezan los rusos.
―Has visto cosas raras, ni lo digas, interrumpió un cochero.
—Vaya —dijo el marinero, cambiando de lado el trozo de tabaco medio mascado—, yo también he visto cosas raras, altas y bajas. He visto a un cocodrilo morder la uña de un ancla tal como masco este tabaco.
Se sacó de la boca la bola de tabaco mascado y, colocándola entre los dientes, mordió con ferocidad.
―¡Khaan! Así. Y he visto devoradores de hombres en Perú que se comen los cadáveres y los hígados de los caballos. Mire aquí. Aquí están. Un amigo mío me los mandó.
Rebuscó en el bolsillo interior, que parecía ser a su manera una especie de depósito, hasta sacar una tarjeta postal ilustrada que deslizó sobre la mesa. El texto impreso decía: Choza de Indios. Beni, Bolivia.
Todos concentraron su atención en la escena desplegada, en un grupo de mujeres salvajes con taparrabos de rayas, en cuclillas, parpadeando, amamantando, frunciendo el ceño, durmiendo, en medio de una nube de infantes (debía de haber por lo menos una veintena de ellos) ante unas chozas primitivas de mimbre.
―Masca coca todo el día ―añadió la lona comunicativa.
Estómagos como rascadores de pan.
Se cortan las tetas cuando ya no soportan tener más críos.
Míralos ahí, en pelotas picadas, comiéndose crudo el hígado de un caballo muerto.
Su postal demostró ser un centro de atracción para los señores novatos durante varios minutos, si no es que más.
―¿Sabe cómo espantarlos? ―preguntó amablemente.
Nadie ofreció ninguna declaración, así que guiñó un ojo y dijo:
―Vidreo. Eso los deja turulos. Vidreo.
Mr. Bloom, sin mostrar sorpresa, dio la vuelta a la tarjeta sin llamar la atención para examinar la dirección y el matasellos parcialmente borrados. Decía lo siguiente:
Tarjeta Postal. Señor A. Boudin, Galeria Becche, Santiago, Chile.
Evidentemente no había mensaje, tal como advirtió con atención. Aunque no creía a pies juntillas en la truculenta historia relatada (ni tampoco en el asunto del tiro al huevo, a pesar de Guillermo Tell y el incidente de Lazarillo y don César de Bazán representado en Maritana, ocasión en la cual la bala del primero atravesó el sombrero del segundo), tras haber descubierto una discrepancia entre su nombre (suponiendo que fuera la persona que decía ser y no navegara con bandera falsa tras haber dado un giro de ciento ochenta grados muy discretamente en alguna parte) y el destinatario ficticio de la misiva, lo cual le hizo albergar ciertas sospechas sobre la buena fe de nuestro amigo, con todo, le recordó de algún modo un viejo plan acariciado que pensaba realizar algún día, un miércoles o un sábado, consistente en viajar a Londres por mar largo, sin decir que hubiera viajado mucho que digamos, aunque en el fondo era un aventurero nato, si bien por capricho del destino se había mantenido siempre como un lobo de tierra, a menos que se llame viajar a Holyhead, que había sido su trayecto más largo. Martin Cunningham decía a menudo que le conseguiría un pase por mediación de Egan, pero siempre surgía por fuerza algún maldito contratiempo de modo que al final el proyecto se venía abajo.
Pero incluso suponiendo que llegara el momento de aflojar la pasta y romperle el corazón a Boyd, no era tan caro, si la bolsa lo permitía, unas pocas guineas a lo sumo, teniendo en cuenta que el billete de ida y vuelta a Mullingar, adonde pensaba ir, costaba cinco y seis. El viaje beneficiaría la salud debido al ozono vivificante y sería de todo punto sumamente placentero, especialmente para un tipo cuyo hígado andaba revuelto, al ver los distintos lugares de la ruta, Plymouth, Falmouth, Southampton y demás, culminando en un recorrido instructivo por los lugares de interés de la gran metrópoli, el espectáculo de nuestra Babilonia moderna donde sin duda vería la gran mejora de la torre, la abadía, la riqueza de Park Lane con la que renovaría viejos conocimientos.
Otra cosa que se le ocurrió de repente, que no era en absoluto una mala idea, era que podría echar un vistazo in situ para ver de apañar los arreglos necesarios para una gira de conciertos de música estival que abarcara los centros de recreo más destacados, Margate con sus baños mixtos y balnearios y spas de primera, Eastbourne, Scarborough, Margate y demás, la hermosa Bournemouth, las islas del Canal y similares rincones de ensueño, lo cual podría resultar muy lucrativo. No, por supuesto, con una compañía de aficionados de medio pelo ni con señoras del lugar metidas en el ajo, véase el tipo de la señora de C. P. M’Coy —préstame la maleta y te mando el billete por correo—. No, algo de primera categoría, un elenco totalmente irlandés de estrellas, la gran compañía de ópera Tweedy-Flower con su propia consorte legítima como primera prima como especie de réplica a los Elster Grimes y Moody-Manners, un asunto perfectamente sencillo y estaba de lo más optimista respecto al éxito, siempre que los elogios en los periódicos locales pudieran ser apañados por algún tipo con algo de labia que supiera mover los hilos indispensables y combinar así el placer con los negocios. ¿Pero quién? He ahí el quid.
Asimismo, sin ser realmente positivo, le pareció que se iba a abrir un gran campo en el orden de inaugurar nuevas rutas para marchar al paso de los tiempos a propósito de la ruta de Fishguard a Rosslare que, según se rumoreaba, estaba de nuevo sobre la palestra en los departamentos de circunloquios con la habitual cantidad de cinta roja y dilaciones de los carcamales decrépitos y cenutrios en general.
Una gran oportunidad existía por cierto para el empuje y la iniciativa a fin de satisfacer las necesidades viajeras del público en general, el hombre de la calle, es decir, Pérez, Gómez y Cía.
Era motivo de lamentación y a la vez absurdo a primera vista y no poca culpa de nuestra cacareada sociedad que el hombre de la calle, cuando el organismo verdaderamente necesitaba un buen fortalecimiento, por cuestión de un par de mezquinas libras, se viera privado de ver más del mundo en que vivía en vez de estar siempre encerrado desde que mi viejo troglodita me tomó por esposa.
Al fin y al cabo, caramba, tenían sus once y más meses monótonos y merecían un cambio radical de escenario después de la rutina de la vida urbana en verano, preferiblemente, cuando la Madre Naturaleza se encuentra en su máximo esplendor espectacular, constituyendo nada menos que una inyección de vida.
Había oportunidades igualmente excelentes para los vacacionistas en la propia isla, deliciosos parajes silvestres para la rejuvenescencia, que ofrecían un sinfín de atracciones además de un tónico estimulante para el organismo en Dublín y sus alrededores pintorescos e incluso más allá, Poulaphouca, a donde llegaba un tranvía de vapor, pero también más lejos del mundanal ruido, en Wicklow, con toda razón llamado el jardín de Irlanda, una comarca ideal para ciclistas de edad avanzada, siempre y cuando no lloviera, y en los salvajes parajes de Donegal donde, si las habas no mentían, el coup d’œil era sumamente grandioso, si bien dicha localidad no era fácilmente accesible, de modo que la afluencia de visitantes aún no era todo lo boyante que cabría esperar teniendo en cuenta los señalados beneficios que de ella se derivaban, al tiempo que Howth, con sus asociaciones históricas y de otra índole, Silken Thomas, Grace O’Malley, Jorge IV, rododendros a varios cientos de pies sobre el nivel del mar, era el paradero predilecto de toda suerte y condición de hombres, especialmente en primavera cuando la sangre de la juventud altera, aunque se cobrara su propio peaje de muertes al caer por los acantilados a propósito o por accidente, por lo general, a propósito, en su pierna izquierda, estando a solo tres cuartos de hora de trayecto desde el monumento.
Porque, claro está, los viajes turísticos modernos se hallaban aún en pañales, por decirlo así, y el alojamiento dejaba mucho que desear. Resultaba interesante averiguar, según le parecía, por un motivo de pura y simple curiosidad, si era el tráfico el que creaba la ruta o viceversa o ambas cosas a la vez en realidad.
Dio la vuelta a la otra cara de la tarjeta postal y se la pasó a Stephen.
—Yo vi una vez a un chino —relató el fornido narrador— que tenía unas pastillas chiquitas como masilla y las ponía en el agua y se abrían, y cada pastilla era una cosa distinta. Una era un barco, otra era una casa, otra era una flor. Te cocina ratas en la sopa —añadió con apetitoso comentario—, eso hacen los chinos.
Quizás percibiendo una expresión de dubitación en sus rostros, el trotamundos prosiguió relatando sus aventuras.
—Y vi a un hombre asesinado en Trieste por un tipo italiano. Cuchillo en la espalda. Un cuchillo así.
Mientras hablaba, sacó una navaja de aspecto peligroso, muy acorde con su carácter, y la empuñó en actitud de atacar.
―En un lupanar fue, a cuenta de una trifulca entre dos contrabandistas. El tío se metió detrás de una puerta, se le acercó por la espalda. Así. Prepárate para encontrarte con tu Creador, le dice. ¡Chuk! Se le metió en la espalda hasta el mango.
Su pesada mirada, que vagaba somnolienta, parecía desafiar cualquier otra pregunta, por si acaso a alguien se le ocurriera hacerla. Eso sí que es un buen trozo de acero —repitió, examinando su formidable estilete—.
Tras qué angustioso desenlace, suficiente para horrorizar al más valiente, chasqueó la hoja y guardó el arma en cuestión tal como antes en su cámara de los horrores, alias bolsillo.
—Van muy bien para el acero frío —dijo para beneficio de todos alguien que por lo visto no tenía ni idea—. Por eso creían que los asesinatos del parque a manos de los invencibles los habían cometido extranjeros debido a que usaban cuchillos.
A este comentario, lanzado evidentemente bajo el lema de donde la ignorancia es una dicha, el señor Bloom y Stephen, cada cual a su manera muy particular, intercambiaron ambos instintivamente miradas significativas, en un religioso silencio de estricta índole entre nous, no obstante, hacia el lugar donde Piel de Cabra, alias el torrero, iba extrayendo a chorros líquido de su artilugio de caldera. Su rostro inescrutable, que era verdaderamente una obra de arte, un perfecto estudio en sí mismo, que desafiaba toda descripción, transmitía la impresión de que no entendía ni jota de lo que estaba pasando. Curioso, muy curioso.
Se produjo una pausa algo prolongada.
- Un hombre leía a trozos un diario vespertino manchado de café;
- otro, la tarjeta con la choza de los nativos;
- otro, la cartilla de baja del marinero.
El señor Bloom, en lo que a él respecta personalmente, se hallaba sumido en meditaciones de ánimos pensativos. Recordaba vívidamente cuándo tuvo lugar el suceso aludido como si fuera ayer mismo, cosa de una veintena de años atrás, en los tiempos de los conflictos agrarios, cuando sacudió al mundo civilizado por sorpresa, por decirlo figuradamente, a principios de los ochenta, en el ochenta y uno para ser exactos, cuando acababa de cumplir los quince.
―Ay, jefe —interrumpió el marinero—. Devuélvanos esos papeles.
Habiendo accedido a la petición, los rebañó con un chirrido.
—¿Has visto el Peñón de Gibraltar? —inquirió el señor Bloom.
El marinero hizo una mueca al masticar, de un modo que podía interpretarse como un sí, un claro o un no.
―Ah, usted también ha estado ahí, señor Bloom dijo, punta de Europa, creyendo que lo había hecho, con la esperanza de que el trotamundos pudiera tal vez mediante algunos recuerdos pero no logró hacerlo, limitándose a escupir un chorro de vómito en el aserrín, y sacudió la cabeza con una especie de desdén perezoso.
—¿Qué año sería más o menos? —interpeló el señor Bloom—. ¿Recuerda los barcos?
Nuestro soi-disant marino masticó pesadamente un rato, con hambre, antes de responder.
―Estoy harto de todas esas rocas en el mar, dijo, y de los botes y barcos. Carne salada todo el tiempo.
Cansado, al parecer, se calló. Su interlocutor, al percatarse de que no iba a sacarle gran cosa a un cliente tan viejo y astuto, se puso a divagar sobre las enormes dimensiones del agua en el globo terráqueo. Baste decir que, como revelaba un vistazo casual al mapa, cubría las tres cuartas partes justas de este y comprendió perfectamente en consecuencia lo que significaba dominar las olas. En más de una ocasión —una docena como mínimo— cerca del North Bull en Dollymount había observado a un viejo lobo de mar achacoso, evidentemente un piltrafa, sentado habitualmente cerca del mar no precisamente fragante sobre el muro, mirándolo fijamente de forma muy obvia y él a él, soñando con nuevos aires y renovados boscajes como canta alguien en alguna parte. Y aquello le dejó cavilando sobre el porqué. Posiblemente él había intentado descubrir el secreto por su cuenta, chapoteando de arriba abajo por las antípodas y todo eso y por encima y por debajo —bueno, no exactamente por debajo— tentando a la suerte. Y las probabilidades eran de veinte a cero de que en realidad no hubiera ningún secreto al respecto. Sin embargo, sin entrar en los pormenores del asunto, quedaba el elocuente hecho de que el mar estaba ahí en todo su esplendor y, en el curso natural de las cosas, alguien tenía que navegar por él desafiando a la providencia, aunque solo servía para demostrar cómo la gente solía ingeniárselas para endilgarle esa clase de carga al prójimo, como la idea del infierno, la lotería y los seguros, que funcionaban exactamente bajo los mismos principios, de modo que por esa sola razón, si por ninguna otra, el domingo del bote salvavidas era una institución muy loable hacia la cual el gran público, viviera donde viviera, tierra adentro o junto al mar, según fuera el caso, al hacérselo ver de ese modo, debía hacer extensiva su gratitud asimismo a los capitanes de puerto y al servicio de guardacostas, que tenían que tripular la jarcia y zarpar mar adentro en medio de los elementos, fuera cual fuera la estación, cuando el deber llamaba —Irlanda espera que cada hombre y tal y cual—, y a veces se las veían y se las deseaban en invierno, sin olvidar los faros irlandeses, el Kish y otros, expuestos a zozobrarse en cualquier momento, al doblar los cuales él en cierta ocasión con su hija había experimentado un tiempo notablemente agitado, por no decir borrascoso.
―Había un tipo que navegó conmigo en el Rover ―prosiguió el viejo lobo de mar, él mismo un rover.
Bajó a tierra y consiguió un trabajo cómodo de ayuda de cámara de un caballero por seis libras al mes. Esos son los pantalones que llevo puestos y me dio un chaquetón impermeable y esa navaja.
Yo me apunto a ese trabajo, afeitarme y arreglarme un poco. Odio andar por ahí errante. Ahí tienen a mi hijo ahora, Danny, se largó a la mar y su madre logró meterlo de aprendiz en una sedería en Cork, donde podría estar ganando dinero fácil.
—¿Qué edad tiene? —inquirió uno de los oyentes que, dicho sea de paso, visto de perfil, guardaba un lejano parecido con Henry Campbell, el secretario municipal, libre de las agobiantes preocupaciones del cargo, sin lavar, por supuesto, y con un atuendo deslucido y una fuerte sospecha de vinazo en el apéndice nasal.
―Pues, respondió el marinero con una expresión lenta y desconcertada. ¿Mi hijo Danny? Tendría unos dieciocho años ahora, según mis cálculos.
El padre de Skibbereen se abrió entonces la camisa, gris o mugrienta de cualquier modo, con ambas manos y se rascó el pecho, en el que se podía ver una imagen tatuada con tinta china azul, que pretendía representar un ancla.
—Había piojos en esa litera en Bridgwater —comentó—. Seguro como que hay nueces. Mañana o pasado mañana tengo que lavarme. Lo que no trago son esos negros de mierda. Odio a esos cabrones. Te chupan la sangre hasta dejarte seco, eso es lo que hacen.
Viendo que todos miraban hacia su pecho, se abrió un poco más la camisa de manera servicial para que, además del venerable símbolo de la esperanza y el descanso del marinero, tuvieran una vista completa del número 16 y del perfil de un joven que miraba más bien con el ceño fruncido.
—Tatuaje —explicó el feriante—. Se lo hicieron una vez que estábamos fondeados sin viento frente a Odesa, en el mar Negro, a las órdenes del capitán Dalton. Un sujeto llamado Antonio hizo eso. Ahí está él mismo, un griego.
―¿Dolió mucho hacérselo? ―le preguntó uno al marinero.
Ese digno personaje, sin embargo, estaba ocupadamente dedicado a reunir alrededor de la de algún modo en el suyo. Exprimiendo o…
―Mire aquí —dijo, mostrándole a Antonio.
Ahí está, maldiciendo al segundo.
Y ahí lo tiene ahora —añadió—. El mismo sujeto, arrancándose la piel con los dedos, algún truco especial sin duda, y él riéndose de una anécdota.
Y, a decir verdad, el rostro cetrino del joven llamado Antonio parecía en realidad una sonrisa forzada y aquel curioso efecto despertó la admiración sin reservas de todos, incluido Piel de Cabra, que esta vez se estiró hacia adelante.
―Ay, ay, suspiró el marinero, mirando hacia su viril pecho. Él también se ha ido. Devorado por los tiburones después. Ay, ay.
Soltó la piel para que el perfil recuperara la expresión normal de antes.
―Buen trabajo, dijo uno de los estibadores.
―¿Y para qué es el número? —inquirió el holgazán número dos.
―¿Comidos vivos? —preguntó un tercero al marinero.
—Ay, ay —volvió a suspirar este último personaje, esta vez de un modo más alegre, con una especie de media sonrisa, de muy corta duración únicamente, en dirección al que había preguntado por el número. Griego era.
Y luego añadió, con un humor más bien de patíbulo, teniendo en cuenta su presunto final:
―Tan malo como el viejo Antonio, pues me dejó en el abandonio.
El rostro de una prostituta, vidrioso y demacrado bajo un sombrero de paja negro, asomó de soslayo por la puerta del refugio, reconociendo palpablemente por su cuenta con el objeto de traer más agua para su molino.
El señor Bloom, sin saber casi hacia dónde mirar, se apartó al momento, azorado pero exteriormente tranquilo, y cogiendo de la mesa la hoja rosa del órgano de la calle Abbey que el cochero, si es que lo era, había dejado a un lado, la cogió y miró el rosa del papel aunque ¿por qué rosa?
Su motivo para hacerlo así fue que reconoció al momento por la puerta el mismo rostro del que había captado un fugaz vistazo esa tarde en el muelle Ormond, la hembra parcialmente idiota, a saber, del callejón, que conocía a la señora del traje marrón que anda con usted (la señora B.), y le suplicó la oportunidad de hacerle la colada. Asimismo ¿por qué la colada, lo que parecía más bien vago que otra cosa?
Su colada. Y, no obstante, la franqueza le obligaba a admitir que él había lavado las prendas interiores de su esposa cuando se ensuciaban en Holles Street y las mujeres querrían y lo harían también con las prendas similares de un hombre marcadas con la tinta de marcar de Bewley y Draper (las de ella lo estaban, es decir) si de verdad lo amaban, por decirlo así.
- Quiéreme, quiere mi camisa sucia.
Aun así, en ese momento, estando sobre ascuas, deseaba el cuarto de la hembra más que su compañía, por lo que fue un auténtico alivio cuando la portera le hizo una seña grosera para que se largara.
Por un lado del Evening Telegraph apenas alcanzó a divisar fugazmente su rostro por un lado de la puerta con una especie de sonrisa demenciada y vidriosa que demostraba que no estaba del todo en sus cabales, contemplando con evidente diversión al grupo de mirones alrededor del arcón marinero del patrón Murphy y luego no hubo más de ella.
―El cañonero, dijo el guardián.
—Me supera, le confió Mr Bloom a Stephen, médicamente hablando, cómo un infeliz ser como esa del hospital Lock, apestando a enfermedad, puede tener la desfachatez de solicitar o cómo cualquier hombre en su sano juicio, si valora en lo más mínimo su salud. ¡Desdichada criatura! Claro que, supongo que algún hombre es en última instancia responsable de su estado. Aun así, sin importar cuál sea la causa de…
Stephen no la había visto y se encogió de hombros, limitándose a comentar:
―En este país la gente vende mucho más de lo que ella tuvo jamás y hace un negocio redondo. No temáis a los que venden el cuerpo pero no tienen poder para comprar el alma. Ella es una mala comerciante. Compra caro y vende barato.
El hombre de edad madura, sin ser de ninguna manera una solterona ni un puritano, dijo que era poco menos que un escándalo flagrante que debía cortarse de raíz instanter afirmar que las mujeres de esa laya (presindiendo por completo de remilgos de solterona sobre el asunto), un mal necesario, no estuvieran licenciadas e inspeccionadas médicamente por las autoridades competentes, algo de lo que podía afirmar con verdad que él, como paterfamilias, era un firme partidario desde el mismísimo principio.
Quienquiera que emprendiera una política de esa clase, dijo, y ventilara el asunto a fondo, le conferiría un beneficio duradero a todos los interesados.
―Usted, como buen católico ―observó, hablando de cuerpo y alma―, cree en el alma. ¿O se refiere a la inteligencia, a la capacidad cerebral como tal, distinta de cualquier objeto exterior, la mesa, digamos, esa taza?
Yo mismo creo en eso porque ha sido explicado por hombres competentes como las circunvoluciones de la materia gris. De otro modo nunca tendríamos inventos como los rayos X, por ejemplo. ¿Y usted?
Así arrinconado, Stephen tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano de memoria para intentar concentrarse y recordar antes de poder decir:
—Me aseguran por la mejor de las fuentes que es una sustancia simple y por tanto incorruptible. Sería inmortal, según tengo entendido, a no ser por la posibilidad de su aniquilación por su Causa Primera, quien, por lo que oigo decir, es muy capaz de añadir eso a la lista de sus otras bromas pesadas, quedando excluidas tanto la corruptio per se como la corruptio per accidens por el protocolo de la corte.
El señor Bloom convino plenamente en el meollo general de esto, si bien los subterfugios místicos de por medio quedaban un poco fuera de su alcance sublunar; aun así, se sintió obligado a presentar una objeción en cuanto a lo simple, replicando con presteza:
—¿Sencillo? No creo que esa sea la palabra adecuada. Por supuesto, le concedo, para ceder en un punto, que de Pascuas a Ramos te tropiezas con un alma simple. Pero a lo que me interesa llegar es a que una cosa es, por ejemplo, inventar esos rayos que hizo Röntgen, o el telescopio como Edison, aunque creo que fue antes de su tiempo, Galileo era el hombre al que me refiero. Lo mismo se aplica a las leyes, por ejemplo, de un fenómeno natural de gran alcance como la electricidad, pero es harina de otro costal decir que uno cree en la existencia de un Dios sobrenatural.
—Oh, eso, expostuló Stephen, ha quedado demostrado de manera concluyente por varios de los pasajes más conocidos de las Sagradas Escrituras, aparte de la prueba circunstancial.
Sin embargo, sobre este intrincado punto, las opiniones de ambos, tan diametralmente opuestas tanto en su formación como en todo lo demás, y con la marcada diferencia en sus respectivas edades, chocaron.
―¿Que lo ha sido? —replicó el más experimentado de los dos, manteniéndose en su trece—. De eso no estoy tan seguro. Es cuestión de opinión personal y, sin meternos en el bando sectario del asunto, le ruego me permita disentir totalmente con usted en ese punto. Mi creencia, a decirle la pura verdad, es que esos fragmentos eran falsificaciones auténticas, todos añadidos por monjes con toda probabilidad, o bien se trata otra vez de la gran cuestión de nuestro poeta nacional, quién los escribió exactamente, como Hamlet y Bacon, lo que, tratándose de alguien que conoce su Shakespeare infinitamente mejor que yo, desde luego no hace falta que le cuente. ¿No puede beberse ese café, a propósito? Déjame removerlo y coger un trozo de ese bollo. Parece uno de los ladrillos de nuestro patrón disfrazado. Aun así, nadie da lo que no tiene. Prueba un cacho.
—No pudo —se las ingenió Stephen para decir, negándosele en ese momento sus órganos mentales a dictarle más.
Como el criticón proverbial es harina de otro costal, al señor Bloom le pareció oportuno remover, o intentarlo, el azúcar apelmazado del fondo y reflexionó con algo parecido a la acrimonia sobre el Palacio del Café y su labor de templanza (y lucrativa).
Sin duda era un fin legítimo y, más allá de toda duda, hacía un bien inmenso. Albergues como aquel en el que se encontraban, gestionados bajo la línea de la abstinencia total para los vagabundos por la noche, conciertos, veladas dramáticas y conferencias útiles (entrada gratuita) impartidas por hombres cualificados para las clases bajas.
Por otra parte, conservaba un recuerdo claro y doloroso de que le pagaban a su mujer, la señora Marion Tweedy, que en su día había estado muy vinculada a aquello, una retribución verdaderamente muy modesta por tocar el piano. La idea, según se inclinaba firmemente a creer, era hacer el bien y embolsarse un beneficio, ya que apenas había competencia de la que hablar.
Sulfato de cobre venenoso, o algo parecido en unos guisantes secos de los que recordaba haber leído en un figón barato en alguna parte, pero no recordaba cuándo ni dónde. De todos modos, la inspección, la inspección médica de todos los comestibles, le parecía más necesaria que nunca, lo que posiblemente explicaba la popularidad del Vi-Cocoa del doctor Tibble debido al análisis médico que conllevaba.
—Haz la prueba ahora —se atrevía a decir del café después de removerlo. Así persuadido a probarlo al menos, Stephen levantó la pesada taza del charco marrón —esta hizo chof al retirarla— por el asa y dio un sorbo a la ofensiva bebida.
―Aun así, es comida sólida —le instaba su buen genio—, soy un entusiasta de la comida sólida, siendo su única y exclusiva razón no el tragar lo más mínimo, sino las comidas regulares como el sine qua non para cualquier clase de trabajo adecuado, ya sea mental o manual. Deberías comer más comida sólida. Te sentirías como otro hombre.
―Líquidos puedo comer —dijo Stephen—. Pero hágame el favor de retirar ese cuchillo. No puedo verle la punta. Me recuerda a la historia romana.
El señor Bloom hizo prontamente lo sugerido y retiró el artículo incriminado, una navaja ordinaria roma de asta con nada particularmente romano ni antiguo a ojos profanos, observando que la punta era lo menos puntiagudo que tenía.
―Los cuentos de nuestro amigo común son como él mismo, señor Bloom, —observó en voz baja y a propósito de cuchillos a su confidente—. ¿Cree que son auténticos? Podría hilvanar esas patrañas horas y horas durante toda la noche y mentir más que el que asó la manteca. Mírelo.
Sin embargo, aunque tenía los ojos cargados de sueño y de aire de mar, la vida estaba llena de una multitud de cosas y de coincidencias de naturaleza terrible, y entraba perfectamente dentro de lo posible que no fuera una completa invención, aunque a primera vista no hubiera mucha probabilidad intrínseca de que toda la milonga que había soltado fuera estrictamente la santa verdad.
Mientras tanto había estado examinando al individuo de delante y aplicándole el método de Sherlock Holmes desde el preciso momento en que le había echado el ojo.
Aunque era un hombre bien conservado y de no poca resistencia, aunque algo propenso a la calvicie, había algo falso en su facha que sugería una evasión de la trena y no requería un esfuerzo violento de la imaginación asociar a un espécimen tan estrafalario con la cofradía del estopa y la noria de presidio.
Hasta podría habérselo cargado, suponiendo que fuera su propio caso el que contaba, como la gente a menudo hacía respecto a otros, a saber, que lo había matado él mismo y se había tragado sus buenos cuatro o cinco años de dura cárcel por no hablar del personaje de Antonio (sin relación con el personaje dramático de idéntico nombre que brotó de la pluma de nuestro bardo nacional) que expió sus crímenes de la manera melodramática arriba descrita.
Por otra parte, bien podía estar faroleando, una debilidad comprensible, porque encontrarse con inconfundibles pardillos, residentes en Dublín, como aquellos cocheros que esperaban noticias del extranjero, tentaría a cualquier marinero de agua dulce que hubiera navegado los siete mares a exagerar sobre la goleta Hesperus y etcétera.
Y, bien mirado, las mentiras que un tipo contaba sobre sí mismo probablemente no le llegaban ni a la proverbial suela de los zapatos a las trolas mayúsculas que otros tipos inventaban sobre él.
—Oigan bien, no digo que sea todo una pura invención —reanudó—. Escenas análogas se encuentran de vez en cuando, si no a menudo. Gigantes, no obstante, eso ya es harina de otro costal, como quien dice, una vez de higos a brevas. Marcella, la reina enana. En aquellas figuras de cera de Henry street yo mismo vi a unos aztecas, como los llaman, sentados con las piernas abiertas.
No podían estirar las piernas ni a pistoletazos porque los músculos aquí, ya ven —continuó, señalando en su acompañante el leve contorno, los tendones, o como quieran llamarlos, detrás de la rodilla derecha—, estaban totalmente debilitados de estar tanto tiempo así sentados y encogidos, al ser adorados como dioses. Ahí tienen otro ejemplo de almas cándidas.
Sin embargo, volviendo al amigo Simbad y a sus horribles aventuras (que le recordaban un poco a Ludwig, alias Ledwidge, cuando pisaba las tablas del Gaiety cuando Michael Gunn llevaba la dirección en El holandés errante, un éxito rotundo, y su legión de admiradores acudía en masa, yendo todo el mundo a porfía a escucharle, aunque los barcos de cualquier tipo, fantasmales o no, sobre el escenario solían resultar un tanto sosainas, al igual que los trenes), no había en ello nada intrínsecamente incompatible, reconoció. Por el contrario, aquello de la puñalada trapera era muy propio de esos italianos, aunque con franqueza era libre asimismo de admitir que aquellos heladeros y freidores de pescado, por no hablar de la variedad de patatas fritas y demás, por la Pequeña Italia de allí, cerca del Coombe, eran tipos sobrios, ahorradores y trabajadores, salvo quizás por su excesiva afición a cazar furtivamente por la noche al inofensivo y necesario animal de persuasión felina ajeno para darse un buen y suculento atracón a su costa, con ajo obligado, al día siguiente discretamente y, añadió, a buen precio.
—Los españoles, por ejemplo —continuó—, temperamentos apasionados como esos, impetuosos como el mismo diablo, son dados a hacerse justicia por su mano y te mandan al otro barrio en un abrir y cerrar de ojos con esos puñales que llevan en el abdomen. Es por el gran calor, el clima en general. Mi esposa es, por decirlo así, española, la mitad, quiero decir.
A decir verdad, ella podría incluso reclamar la nacionalidad española si quisiera, habiendo nacido en (técnicamente) España, es decir, Gibraltar. Tiene el tipo español. Bastante morena, trigueña auténtica, pelo negro. Yo, al menos, desde luego creo que el clima influye en el carácter. Por eso te pregunté si escribías tu poesía en italiano.
—Los ánimos en la puerta, interpuso Stephen, estaban muy exaltados por diez chelines. Roberto ruba roba sua.
―Muy cierto, replicó Bloom ídem.
—Entonces, Stephen dijo, mirando fijamente y divagando para sus adentros o para algún oyente desconocido en alguna parte, tenemos la impetuosidad de Dante y el triángulo isósceles, señorita Portinari, de quien se enamoró, y Leonardo y san Tommaso Mastino.
—Está en la sangre —asentía al punto Mr Bloom—. Todos están lavados en la sangre del sol. Es una coincidencia, precisamente hoy estuve en el Museo de Kildare Street, poco antes de nuestro encuentro, si es que puedo llamarlo así, y estuve mirando allí esas estatuas antiguas. Las espléndidas proporciones de caderas, busto. Sencillamente no te tropiezas con esa clase de mujeres aquí. Una excepción por aquí y por allá. Guapas, sí, bonitas a su manera, las encuentras, pero de lo que estoy hablando es de la forma femenina. Además, tienen tan poco gusto para el vestido, la mayoría de ellas, que realza enormemente la belleza natural de una mujer, digas lo que digas. Medias arrugadas —puede ser, posiblemente sea, una debilidad mía, pero aun así es algo que sencillamente detesto ver.
El interés, sin embargo, empezaba a decaer un poco por todas partes y los demás pasaron a hablar de accidentes en el mar, barcos perdidos en la niebla, colisiones con icebergs, todo ese tipo de cosas.
Shipahoy, por supuesto, dijo lo suyo. Había doblado el Cabo unas cuantas veces y capeado un monzón, una especie de viento, en los mares de China y a través de todos aquellos peligros de las profundidades hubo una sola cosa, según declaró, que lo salvó, o palabras más o menos con ese sentido, una medalla devota que llevaba y que lo había salvado.
Así pues, después de eso derivaron hacia los restos del naufragio del Daunt, los restos de aquella desventurada barca noruega —a nadie le venía el nombre a la memoria por el momento hasta que el cochero, que tenía un aire tremendo a Henry Campbell, se acordó, el Palme, en la playa de Booterstown, que fue el tema del día en la ciudad aquel año (Albert William Quill escribió una excelente pieza de verso original de mérito singular sobre el asunto para el Irish Times)— con rompientes barriéndola y multitudes y multitudes en la orilla alborotadas y petrificadas de horror.
Luego alguien dijo algo sobre el caso del vapor Lady Cairns, de Swansea, embestido por el Mona, que iba en rumbo contrario, con un tiempo bastante neblinoso y perdido con toda la tripulación en cubierta. No se prestó auxilio. Su patrón, el del Mona, dijo que temía que su mamparo de colisión cedería. Al parecer, no tenía agua en la bodega.
En esta etapa ocurrió un incidente. Habiéndosele vuelto necesario soltar un rizo, el marinero dejó su asiento.
—Déjeme pasarle por la proa, viejo —le dijo a su vecino, que justo se iba quedando dormido plácidamente.
Se marchó pesadamente, con paso lento y regordete hacia la puerta, bajó con pesadez el único escalón que había a la salida del refugio y tiró netamente a la izquierda.
Mientras estaba en el acto de orientarse, el señor Bloom, que al ponerse de pie advirtió que llevaba dos frascos de ron, presumiblemente de barco, asomando uno por cada bolsillo para el consumo privado de su ardiente interior, le vio sacar una botella y descorcharla, o desenroscarla, y, aplicando el gollete a los labios, darle un buen trago viejo y deleitable con ruido de gorgoritos.
El irreprimible Bloom, que además tenía la sospecha certera de que el veterano había salido en maniobra tras la contraatracción en forma de hembra, la cual, sin embargo, había desaparecido a todos los efectos, pudo, esforzándose la vista, apenas distinguirlo, una vez debidamente refrescado por su hazaña de pipa de ron, contemplando los pilares y vigas maestras del Loop Line, un tanto desubicado, ya que por supuesto todo había cambiado radicalmente desde su última visita y estaba muy mejorado.
Alguna persona o personas invisibles le indicaron el urinario masculino erigido por el comité de limpieza por todas partes con ese fin pero, al cabo de un breve espacio de tiempo durante el cual reinó el más profundo silencio, el marinero, evitándome claramente de largo, se alvió allí mismo, oyéndose poco después el ruido de su agua de sentina salpicar en el suelo, donde al parecer despertó a un caballo de la parada de coches.
Una pezuña rascó de todos modos en busca de un nuevo apoyo tras el sueño y los arreos tintinearon. Ligeramente perturbado en su garita por el brasero de rescoldos vivos, el vigilante de la corporación, que, aunque por entonces venido a menos y desmoronándose a pasos agigantados, no era otro en rigurosa realidad que el tal Gumley antes mencionado, que ahora vivía prácticamente de la caridad municipal, al que Pat Tobin le había dado el empleo temporal con toda probabilidad humana por dictados de la humanidad, por conocerlo de antes, se movió y revolvió en su caja antes de volver a componer sus miembros en brazos de Morfeo. Un trozo verdaderamente asombroso de tiempos difíciles en su forma más virulenta sobre un tipo de familia de lo más respetable y acostumbrado a las comodidades de un hogar decente toda su vida, que en una época heredó la friolera de 100 libras al año que, por supuesto, el burro con escopeta de dos cañones procedió a hacer papilla alegremente. Y allí estaba al final de su cuerda, después de haber corrido juergas de padre y señor mío no pocas veces, sin un mendigo céntimo. Bebía, huelga decirlo, y aquello no hacía sino ilustrar una vez más una moraleja, cuando con toda facilidad podría estar montado en un gran negocio si —un gran si, no obstante— se las hubiera ingeniado para curarse de su particular debilidad.
Todos, entretanto, lamentaban a voces la decadencia de la navegación irlandesa, tanto de cabotaje como de altura, que era parte y porción de lo mismo.
Un barco de Palgrave Murphy fue botado en la dársena Alexandra, el único bote de aquel año. Bien es verdad que los puertos estaban ahí, solo que ya nunca recalaba ningún barco.
Había naufragios y naufragios, decía el torrero, que evidentemente estaba al corriente.
Lo que quería averiguar era por qué ese barco se había empotrado contra la única roca de la bahía de Galway cuando el proyecto del puerto de Galway fue propuesto por un tal señor Worthington o algún nombre así, ¿eh?
Pregúntenle a su capitán, les aconsejó, cuánto aceite de palma le dio el gobierno británico por el trabajo de aquel día. El capitán John Lever, de la línea Lever.
—¿No es así, patrón? —le preguntó al marinero que ahora volvía tras su privada bebida y el resto de sus fatigas.
Aquel digno sujeto, captando el rastro de la estrofa final o las palabras, rascó a modo de música, pero con gran brío, alguna especie de cantar de mar u otro en segundas o terceras. Los agudos oídos de Mr. Bloom le oyeron entonces expectorar la picadura probablemente (que lo era), de modo que debió de habérsela guardado provisionalmente en el puño mientras cumplía con las tareas de beber y mear y debió de encontrarla un tanto agria después del agua ardiente en cuestión. Como fuere, adentro rodó tras su exitosa libación‑cum‑potación, introduciendo una atmósfera de trago en la soirée, canturreando a voz en grito, como un auténtico hijo de puta:
―Las galletas eran duras como el bronce, Y la carne tan salada como el culo de la mujer de Lot. ¡Oh, Johnny Lever! ¡Johnny Lever, oh!
Tras semejante efusión, el redomable espécimen hizo su debida aparición en escena y, recuperando su asiento, se dejó caer pesadamente sobre el banco dispuesto al efecto, más que sentarse en él.
Skin-the-Goat, suponiendo que fuera él, evidentemente con intereses ocultos, desahogaba sus quejas en una filípica floja y contundente a propósito de los recursos naturales de Irlanda, o algo por el estilo, que describía en su larga disertación como el país más rico con diferencia sobre la faz de la tierra de Dios, muy superior a Inglaterra, con carbón en grandes cantidades, seis millones de libras esterlinas en carne de cerdo exportada cada año, diez millones entre mantequilla y huevos, y todas las riquezas drenadas del país por Inglaterra, que imponía impuestos a la gente pobre que siempre pagaba un ojo de la cara, y se tragaba la mejor carne del mercado, y un montón más de vapor de sobra en la misma línea. Su conversación por consiguiente se generalizó y todos convinieron en que eso era un hecho. Se podía cultivar cualquier cosa mortal en el suelo irlandés, afirmó, y ahí estaba el coronel Everard allá abajo en Cavan cultivando tabaco. ¿Dónde encontraría uno algo que se pareciera al tocino irlandés? Pero un día del juicio, afirmó crescendo con voz inequívoca —acaparando por completo toda la conversación—, aguardaba a la poderosa Inglaterra, a pesar de su poder de la pasta a causa de sus crímenes. Habría una caída y la mayor caída de la historia. Los alemanes y los japs iban a tener su oportunidad, afirmó. Los bóers fueron el principio del fin. La Inglaterra de pacotilla se tambaleaba ya e Irlanda sería su ruina, su talón de Aquiles, sobre el que les explicó lo del punto vulnerable de Aquiles, el héroe griego, un punto que sus oyentes captaron de inmediato al atrapar él por completo la atención de ellos enseñándose el tendón aludido en la bota. Su consejo para todo irlandés era: quedaos en la tierra que os vio nacer y trabajad por Irlanda y vivid por Irlanda. Irlanda, decía Parnell, no podía permitirse prescindir ni de uno solo de sus hijos.
Un silencio absoluto marcó el final de su pieza. El impenetrable navegante escuchó estas truculentas nuevas sin inmutarse.
―Tiene su miga, jefe ―replicó aquel diamante en bruto, visiblemente mosqueado en respuesta a la perogrullada anterior.
A cuyo frío jarro de agua fría, en referencia a la ruina y demás, el guardián accedió, pero sin embargo se mantuvo en su postura principal.
—¿Cuáles son las mejores tropas del ejército? —preguntó con ira el veterano sargento ajado—. ¿Y los mejores saltadores y corredores? ¿Y los mejores almirantes y generales que tenemos? Dime eso.
―El irlandés prefiere elegir ―replicó el cochero como Campbell, salvando las manchas de la cara.
―Así es, corroboró la vieja lona. El campesino católico irlandés. Es la columna vertebral de nuestro imperio. ¿Conoces a Jem Mullins?
A la vez que le concedía sus opiniones individuales, como a cualquier hombre, el tabernero añadió que le importaba un bledo cualquier imperio, el nuestro o el suyo, y que no consideraba a ningún irlandés digno de la sal que consumía el que lo sirviera.
Luego empezaron a intercambiar unas pocas palabras irascibles, y cuando la cosa se puso más tensa, ambos, huelga decirlo, apelaron a los oyentes, que seguían aquel duelo verbal con interés siempre y cuando no se entregaran a las recriminaciones ni llegaran a las manos.
A partir de información de primera mano obtenida a lo largo de varios años, el señor Bloom se inclinaba más bien a descartar como una patraña mayúscula la sugerencia, pues, en espera de ese final devotamente deseado o no deseado, tenía plena conciencia del hecho de que sus vecinos del otro lado del canal, a menos que fuesen mucho más tontos de lo que él creía, más bien ocultaban su fuerza que lo contrario.
Estaba totalmente a la par con la idea quijotesca que circulaba en ciertos círculos de que en cien millones de años el filón de carbón de la isla hermana se agotaría y si, con el tiempo, la cosa resultaba ser por ahí por donde iban los tiros, todo lo que él personalmente podía decir al respecto era que, como una multitud de contingencias, igualmente pertinentes al asunto, podían ocurrir antes de que llegara el momento, era muy aconsejable entretanto tratar de sacar el máximo partido a ambos países, aunque estuvieran en las antípodas.
Otro puntito interesante, los amoríos de putas y amigotes, por decirlo en el argot popular, le recordaba que los soldados irlandeses habían luchado por Inglaterra tantas veces como contra ella, más aún, de hecho. Y ahora, ¿por qué?
De modo que la escena entre los dos, el titular de la licencia del local, de quien se rumoreaba que era o había sido Fitzharris, el famoso invencible, y el otro, obviamente falso, le recordó con fuerza que era idéntica al timo del tocomocho, suponiendo, claro, que estuviera apalabrado, ya que el espectador, un estudioso del alma humana, por decirlo de algún modo, los otros eran los que menos veían del juego.
Y en cuanto al arrendatario o posadero, que probablemente no era la otra persona en absoluto, él (Bloom) no podía evitar sentir, y con toda razón, que era mejor darles esquinazo a tipos así a menos que uno fuera un completo imbécil rematado y negarse a tener nada que ver con ellos como regla de oro en la vida privada y sus delaciones, existiendo siempre la remota posibilidad de que apareciera un Dannyman y se pasara a testigo de la corona —o del rey, ahora— como Denis o Peter Carey, una idea que rechazaba de plano.
Aparte de eso, por principio le desagradaban esas carreras de fechorías y crímenes. Sin embargo, aunque tales propensiones criminales jamás se habían alojado en su pecho bajo ninguna forma o condición, ciertamente sentía, y no había que negarlo (mientras seguía siendo interiormente lo que era), cierta clase de admiración por un hombre que realmente había esgrimido un cuchillo, acero frío, con el valor de sus convicciones políticas, aunque él, personalmente, jamás sería partícipe de semejante cosa, del mismo pelo que esas venganzas de amor del sur —tenerla o colgar por ella— en las que el marido a menudo, tras intercambiar algunas palabras con el otro sobre las relaciones de ella con el susodicho afortunado (habiendo hecho vigilar el hombre a la pareja), infligía heridas mortales a su adorada como resultado de una relación post nupcial alternativa, clavándole el cuchillo hasta que se le ocurrió de repente que Fitz, apodado Descabritador, simplemente conducía el coche para los autores materiales del atentado y por lo tanto no era, si estaba bien informado, partícipe real de la emboscada que, a decir verdad, fue la coartada con la que alguna lumbrera jurídica salvó el pellejo.
En cualquier caso, aquello ya era historia muy antigua y, en cuanto a nuestro amigo, el pseudo Descabritador-etcétera, había superado con creces el tiempo en que era bien recibido. Tendría que haber muerto de muerte natural o en el patíbulo alto. Como las actrices, siempre despidiéndose —última función definitiva— para luego volver a salir con una sonrisa.
Generoso hasta decir basta, por supuesto, temperamental, sin economía ni idea alguna del estilo, siempre persiguiendo la sombra y perdiendo el hueso. Del mismo modo, tenía la muy aguda sospecha de que el señor Johnny Lever se gastaba unas cuantas libras, chelines y peniques durante sus deambulares por los muelles en el ambiente entrañable de la taberna de la Vieja Irlanda, vuelta a Erin y demás.
Luego, en cuanto a los otros, había oído no mucho antes exactamente el mismo dialecto, tal como le contó a Stephen cómo redujo al infractor de forma sencilla pero tajante.
―Se ofendió por cualquier nadería —declaró esa persona tan agraviada pero por lo general de carácter apacible—, se me escapó. Me llamó judío, y de forma acalorada, ofensiva.
Así que yo, sin apartarme lo más mínimo de los hechos puros y duros, le dije que su Dios, quiero decir Cristo, también era judío, y toda su familia, como yo, aunque en realidad no lo soy. Esa se la devolví. Una blanda respuesta aplaca la ira. No tuvo nada que responder, como todo el mundo vio.
¿No tengo razón?
Dirigió a Stephen una larga mirada de estás equivocado, de temeroso orgullo oscuro ante la suave acusación, con una mirada también de súplica, pues parecía colegir de algún modo que no todo era exactamente del todo …
― Ex quibus ―murmuró Stephen con acento evasivo, conversando sus dos o cuatro ojos―, Christus o Bloom se llama, o, al fin y al cabo, cualquier otro, secundum carnem .
—Naturalmente —prosiguió el señor Bloom estipulando—, hay que ver las dos caras de la cuestión. Es difícil sentar normas estrictas e inflexibles sobre lo bueno y lo malo, pero margen de mejora en todos los sentidos desde luego que hay, aunque cada país, según dicen, incluida nuestra sufrida patria, tiene el gobierno que se merece.
Pero con un poco de buena voluntad por parte de todos. Está muy bien jactarse de la superioridad mutua, ¿pero qué pasa con la igualdad mutua? Me repugna la violencia o la intolerancia bajo cualquier forma o aspecto. Jamás llega a nada ni detiene nada. Una revolución debe realizarse según el plan de abonos periódicos. A primera vista, es un absurdo patente odiar a la gente porque vive a la vuelta de la esquina y habla otro dialecto, por así decirlo.
—Memorable batalla sangrienta del puente y guerra de los siete minutos —asintió Stephen—, entre el callejón de Skinner y el mercado de Ormond.
—Sí —convino plenamente el señor Bloom, secundando por completo la observación—, eso era abrumadoramente cierto y el mundo entero estaba abrumadoramente lleno de esa clase de cosas.
―Me has quitado las palabras de la boca —dijo—. Un galimatías de pruebas contradictorias que, francamente, ni por asomo podrías...
Todas aquellas desdichadas disputas, en su humilde opinión, que soliviantaban los ánimos —la joroba de la combatividad o alguna glándula por el estilo, que erróneamente se creía que trataban sobre un punto de honor y una bandera—, eran en gran medida una cuestión de dinero, que estaba detrás de todo, la codicia y los celos, la gente que nunca sabe cuándo parar.
—Acusan —observó en voz alta. Se apartó de los demás, que probablemente... y habló más cerca de, de modo que los demás... por si acaso...
—A los judíos, le confió en voz baja al oído de Stephen, se les acusa de arruinar. Ni un vestigio de verdad en ello, puedo decirlo sin temor. La historia —¿te sorprendería saberlo?— demuestra hasta la saciedad que España decayó cuando la Inquisición expulsó a los judíos y que Inglaterra prosperó cuando Cromwell, un bribón extraordinariamente capaz, que en otros aspectos tiene mucho que explicar, los importó. ¿Por qué? Porque son prácticos y está demostrado que lo son. No quiero incurrir en ningún… porque conoces las obras estándar sobre el tema, y luego, tan ortodoxo como eres… Pero en el ámbito económico, sin tocar la religión, el cura deletrea pobreza. España otra vez, lo viste en la guerra, comparada con la progresista Norteamérica. Los turcos, está en el dogma. Porque si no creyeran que van derecho al cielo cuando mueren tratarían de vivir mejor —al menos, eso creo yo—. Ese es el truco con el que los párocos agitan el cotarro bajo falsos pretextos. Soy, prosiguió, con fuerza dramática, tan buen irlandés como esa persona grosera de la que te hablé al principio y quiero ver a todo el mundo, concluyó, a todos los credos y clases pro rata con un ingreso cómodo de buen tamaño, y no de manera mezquina tampoco, algo así como unas 300 libras esterlinas al año. Ese es el problema vital en juego y es factible y propiciaría un trato más amistoso entre hombre y hombre. Al menos esa es mi idea por lo que valga. A eso lo llamo patriotismo. Ubi patria, de lo que aprendimos un chispazo en nuestros días clásicos en el Alma Mater, vita beni. Donde puedes vivir bien, el sentido es, si trabajas.
Sobre su insípida disculpa de taza de café, al escuchar esta sinopsis de las cosas en general, Stephen se quedó mirando a la nada en particular.
Podía oír, por supuesto, toda clase de palabras cambiando de color como aquellos cangrejos de por Ringsend por la mañana, enterrándose rápidamente en todos los colores de distintas clases de la misma arena donde tenían su hogar en alguna parte debajo o eso parecía.
Luego alzó la vista y vio los ojos que decían o no decían las palabras que decía la voz que oyó—si trabajas.
—No cuenten conmigo —alcanzó a comentar, con la intención de trabajar.
Los ojos se sorprendieron ante esta observación, porque según él, la persona a quien pertenecían temporalmente, observó, o más bien, su voz al hablar dijo:
Todos deben trabajar, tienen que hacerlo, juntos.
―Quiero decir, por supuesto —se apresuró a afirmar el otro—, el trabajo en el sentido más amplio posible. También la labor literaria, no meramente por el qué dirán. Escribir para los periódicos, que es el cauce más accesible hoy en día. Eso también es trabajo. Un trabajo importante. Al fin y al cabo, por lo poco que sé de usted, después de todo el dinero gastado en su educación, tiene derecho a resarcirse y a cobrar lo que vale. Tiene exactamente el mismo derecho a ganarse la vida con la pluma en aras de su filosofía que el campesino. ¿Qué? Ambos pertenecen a Irlanda, el cerebro y el músculo. Ambos son igualmente importantes.
—Sospechas —replicó Stephen con una especie de risa floja— que tal vez yo sea importante porque pertenezco al faubourg Saint-Patrice, llamado Irlanda abreviando.
―Yo iría un paso más allá, insinúa Mr Bloom.
—Pero sospecho —interrumpió Stephen—, que Irlanda debe de ser importante porque me pertenece.
―¿Qué corresponde?, preguntó don Leopoldo, inclinándose, con la idea de que tal vez había entendido mal. Perdone. Por desgracia no cogí la última parte. ¿Qué fue lo que usted?
Stephen, visiblemente de mal talante, repitió y apartó de un empujón su taza de café, o como quieran llamarlo, con muy poca educación, añadiendo:
—No podemos cambiar el país. Cambiemos de tema.
A esta pertinente sugerencia, Mr Bloom, para cambiar de tema, miró hacia abajo, pero en un aprieto, ya que no sabía exactamente qué interpretación darle a pertenece a que sonaba bastante rebuscado. El reproche de algún tipo era más claro que la otra parte.
Sobra decir que los vapores de su reciente orgía hablaron entonces con cierta aspereza de un modo curioso y amargo, ajeno a su estado sobrio. Probablemente la vida hogareña, a la que Mr Bloom concedía la máxima importancia, no había sido todo lo necesaria que debía o él no se había codeado con la clase de gente adecuada. Con un toque de temor por el joven a su lado, a quien examinó furtivamente con aire de cierta consternación, recordando que acababa de volver de París, y recordándole los ojos más especialmente y con fuerza a padre y hermana, sin arrojar gran luz sobre el asunto, sin embargo, trajo a la memoria casos de tipos cultos que prometían de forma tan brillante, truncados en el brote de una decadencia prematura, y sin nadie a quien culpar más que a sí mismos.
Por ejemplo, estaba el caso de O'Callaghan, sin ir más lejos, el maniático medio loco, de respetables familias, aunque de medios escasos, con sus locas extravagancias, entre cuyas otras alegres hazañas, cuando estaba pelado y resultaba ser una molestia para todo quisque por los alrededores, tenía la costumbre de lucir ostentosamente en público un traje de papel de estraperlo (un hecho). Y luego el desenlace de rigor tras haberse puesto la diversión animada y furiosa, se metió en un atolladero y unos amigos tuvieron que hacerlo desaparecer por arte de magia, tras un claro aviso a un caballo ciego de parte de John Mallon de Lower Castle Yard, para no verse encausado en virtud de la sección dos de la Ley de Enmienda del Derecho Penal, entregándose ciertos nombres de los citados a comparecer pero sin revelarse, por razones que se le ocurrirán a cualquiera que tenga dos dedos de frente.
Brevemente, sumando dos y dos, seis dieciséis, ante lo cual hizo oídos sordos a propósito, Antonio y lo demás, jockeys y estetas y los tatuajes que estaban tan de moda en los años setenta o por ahí, incluso en la Cámara de los Lores, porque a una edad temprana el ocupante del trono, entonces heredero al aparente, los demás miembros de la alta sociedad y otros altos personajes simplemente siguiendo los pasos de la cabeza del estado, reflexionó sobre los errores de las celebridades y las cabezas coronadas que iban en contra de la moralidad como el caso Cornwall un montón de años antes bajo su barniz de un modo apenas previsto por la naturaleza, algo con lo que la buena de Mrs Grundy, tal como está la ley, se cebaba terriblemente, aunque no por la razón que creían que era probablemente, fuera la que fuese, excepto las mujeres principalmente, que andaban siempre tocándose las narices las unas a las otras más o menos, siendo en gran medida una cuestión de ropa y todo lo demás.
Las señoras a las que les gusta la ropa interior distintiva deben, y todo hombre bien trajeado tiene que, intentando ensanchar la brecha entre ambos mediante insinuaciones y dar un verdadero acicate a los actos de indecencia entre los dos, ella le desabotonó el suyo y entonces él le desató el de ella, cuidado con el alfiler, mientras que los salvajes en las islas de los caníbales, digamos, a treinta y dos grados a la sombra, les importando un bledo.
Sin embargo, volviendo al original, había por otro lado otros que se habían abierto camino hasta la cima desde el peldaño más bajo con la ayuda de las tirillas de sus botas. Pura fuerza de genio natural, eso. Con cerebro, caballero.
Por estas y otras razones sentía que era su interés y su deber esperar e incluso sacar provecho de aquella ocasión imprevista, aunque por qué, no sabría decirlo exactamente, encontrándose, como ya se encontraba, con varios chelines de pérdida, habiéndose metido, de hecho, en un buen lío. Aun así, cultivar el conocimiento de alguien de no despreciable calibre que pudiera proporcionarle alimento para la reflexión compensaría con creces cualquier pequeño… La estimulación intelectual como tal era, según sentía, de vez en cuando un tónico de primera clase para la mente. A lo que se sumaba la coincidencia del encuentro, la discusión, el baile, la trifulca, el viejo lobo de mar, del tipo de los que hoy están aquí y mañana se van, los holgazanes nocturnos, toda la galaxia de acontecimientos, todo contribuía a componer un camafeo en miniatura del mundo en que vivimos, especialmente cuando las vidas del décimo sumergido, a saber, mineros, buzos, basureros, etc., habían estado muy bajo el microscopio últimamente. Para aprovechar bien el tiempo se preguntó si podría tener algo parecido a la misma suerte que el señor Philip Beaufoy si lo ponía por escrito. Supongase que redactara algo fuera de lo común (como tenía plena intención de hacer) a razón de una guinea por columna, Mis experiencias, digamos, en un refugio de cocheros.
La edición rosa, ultradeportiva, del Telegraph, que cuenta una mentira gráfica, yacía, por capricho de la suerte, junto a su codo y, mientras él volvía a devanarse los sesos, nada satisfecho, con una finca de su propiedad y el jeroglífico precedente, el barco venía de Bridgwater y la tarjeta postal estaba dirigida a A. Boudin, averígüese la edad del capitán, sus ojos recorrieron sin rumbo los respectivos epígrafes que caían bajo su especial jurisdicción, la omnicomprensiva danos hoy nuestra prensa de cada día.
Primero se llevó un pequeño susto, pero resultó ser solo algo sobre alguien llamado H. du Boyes, agente de máquinas de escribir o algo por el estilo.
- Gran batalla Tokio.
- Hacer el amor en Irlanda 200 libras de daños y perjuicios.
- Gordon Bennett.
- Estafa de emigración.
- Carta de Su Gracia William +.
- El Descartes de Ascot recuerda el Derby del 92 cuando el caballo oscuro del capitán Marshall, Sir Hugo, se alzó con la cinta azul a gran favor de los apostantes.
- Desastre en Nueva York, mil vidas perdidas.
- Fiebre aftosa.
- Funeral del difunto señor Patrick Dignam.
Así que para cambiar de tema leyó lo de Dignam, Q. E. P. D., lo cual, reflexionó, era de todo menos una alegre despedida.
—Esta mañana (intervino Hynes, por supuesto), los restos del difunto señor Patrick Dignam fueron trasladados desde su residencia, número 9 de Newbridge Avenue, Sandymount, para su sepultura en Glasnevin. El finado caballero era una personalidad muy popular y afable en la vida de la ciudad y su óbito, tras una breve enfermedad, supuso una gran conmoción para los ciudadanos de todas las clases, por quienes es profundamente sentido. Las exequias, en las que estuvieron presentes muchos amigos del difunto, fueron llevadas a cabo (seguro que Hynes lo escribió con un codazo de Corny) por los señores H. J. O’Neill & Hijo, 164 de North Strand road. Entre los deudos se encontraban: Patk. Dignam (hijo), Bernard Corrigan (cuñado), John Henry Menton, proc., Martin Cunningham, John Power eatondph ⅛ ador dorador douradora (debe de ser donde llamó a Monks el padrecito por lo del anuncio de Keyes) Thomas Kernan, Simon Dedalus, Stephen Dedalus, B. A., Edward J. Lambert, Cornelius Kelleher, Joseph M. C. Hynes, L. Bloom, C. P. M’Coy—M’Intosh y varios más.
Harto picado por L. Boom (como erróneamente afirmaba) y por la línea de erratas de mierda, pero muerto de risa al mismo tiempo por C. P. M’Coy y Stephen Dedalus, B. A., quienes brillaban, huelga decirlo, por su total ausencia (por no hablar de M’Intosh), L. Boom se lo señaló a su compañero B. A., ocupado en sofocar otro bostezo, medio de nervios, sin olvidar la habitual cosecha de disparatados berrinches de erratas.
—¿Esa primera epístola a los hebreos, preguntó, tan pronto como su mandíbula inferior se lo permitió, está incluida?
Texto: abre la boca y métete la pezuña.
―Es, de verdad, —dijo el señor Bloom (aunque primero se figuró que se refería al arzobispo hasta que añadió lo de la aftosa con la que no podía haber relación posible)—, encantado de dejarle la conciencia tranquila y un poco estupefacto de que Myles Crawford al fin hubiera conseguido apañar el asunto, allí.
Mientras el otro lo leía en la página dos Boom (por darle provisionalmente su nuevo apodo equívoco) disipaba unos cuantos ratos libres a trompicones con la relación del tercer acontecimiento en Ascot en la página tres, valor lateral 1.000 sovs., con 3.000 sovs. en metálico añadidos para potros y potrancas enteros.
Mr F. Alexander’s Throwaway , b. h. by Rightaway , 5 yrs , 9 st 4 lbs. , Thrale ( W. Lane) 1. Lord Howard de Walden’s Zinfandel ( M. Cannon) 2. Mr W. Bass’s Sceptre , 3.
Apuestas 5 a 4 a favor de Zinfandel , 20 a 1 Throwaway (de baja). Throwaway y Zinfandel mantuvieron formación cerrada. Era la carrera de cualquiera entonces el outsider por excelencia se adelantó sacó gran ventaja, batiendo al potro alazán de lord Howard de Walden y a la potranca castaña Sceptre de Mr W. Bass en un recorrido de 2½ millas. Ganador entrenado por Braine de modo que la versión del asunto de Lenehan era pura milonga. Aseguró el veredicto hábilmente por un cuerpo. 1.000 sovs. con 300 en metálico.
Corrieron también J. de Bremond’s (caballo francés por el que preguntaba con ansiedad Bantam Lyons todavía no había entrado pero se le esperaba de un minuto a otro) Maximum II .
Distintas formas de dar el golpe. Estragos del cortejo. Aunque ese medio empollado de Lyons salió por la tangente en su impetuosidad por quedarse rezagado. Desde luego, el juego se prestaba eminentemente a esa clase de cosas aunque, según resultó el acontecimiento, el pobre tonto no tenía mucho motivo para felicitarse por su elección, la esperanza desesperada. A adivinanzas se reducía al fin y al cabo.
―Había indicios de sobra de que llegarían a eso, dijo Mr Bloom.
―¿Quién? ―dijo el otro, cuya mano por cierto estaba lastimada.
—Una mañana abriría uno el periódico —afirmaba el cochero— y leería: Regreso de Parnell. Se apostaba con ellos lo que quisieran. Un fusilero de Dublín estuvo una noche en aquel refugio y dijo que lo había visto en Sudáfrica. Fue el orgullo lo que lo mató. Tendría que haberse quitado de en medio o haberse mantenido agazapado un tiempo después de la Sala del Comité número 15 hasta volver a ser el de antes sin que nadie le señalara con el dedo. Entonces todos a una habrían doblado la rodilla para pedirle que volviera cuando hubiera recobrado el juicio. Muerto no estaba. Sencillamente se había esfumado a alguna parte. El féretro que trajeron estaba lleno de piedras. Se cambió el nombre por el de De Wet, el general bóer. Se equivocó al luchar contra los curas. Y así sucesivamente.
Aun así Bloom (con toda propiedad llamado así) estaba bastante sorprendido de que tuviesen tanta memoria porque en nueve de cada diez casos se trataba de alquitranes, y no de uno en uno sino por millares, y luego completo olvido por ser de veintitantos años atrás. Muy improbable, por supuesto, que hubiera ni la sombra de verdad en los relatos y, aun suponiendo, consideraba el regreso de todo punto desaconsejable, bien mirado. Algo por lo visto les molestaba de su muerte. O bien se apagó de forma demasiado mansa de pulmonía aguda justo cuando sus distintos arreglos políticos estaban a punto de completarse o bien resultó que debía su muerte a haber omitido cambiarse las botas y la ropa después de un sofoco cuando le dio un catarro y no consultar a un especialista estando confinado en su habitación hasta que al fin murió de ello entre general pesar antes de que transcurriera una quincena o bien muy posiblemente les apesadumbraba descubrir que les habían quitado el trabajo de las manos. Naturalmente, al no estar nadie al corriente de sus movimientos ni antes, no había absolutamente ninguna pista sobre su paradero que era decididamente del orden de Alicia, dónde estás ya antes de que empezara a andar con varios alias como Fox y Stewart, de modo que la observación que brotó del amigo cochero podría entrar dentro de lo posible. Naturalmente, pues, le rondaría la cabeza como líder nato de hombres que indudablemente era, y figura imponente, de metro ochenta o en todo caso metro setenta y cinco u ochenta en calcetines, en tanto que los señores fulano y mengano que, aunque no le llegaban ni a la suela del zapato al anterior, mandaban en el gallinero tras sus buenas cualidades escaseaban muchísimo. Sin duda ilustraba una moraleja, el ídolo con pies de barro. Y luego setenta y dos de sus fieles esbirros volviéndose contra él con mutuas pullas. Y exactamente lo mismo con los asesinos. Tenías que volver —esa sensación obsesiva como que te atraía— para enseñarle al suplente del papel principal cómo se hacía. Lo vio una vez en la fausta ocasión en que rompieron los tipos en el Insuppressible o era el United Ireland, privilegio que apreció vivamente, y, a decir verdad, le alargó su sombrero de copa cuando se lo tiraron al suelo y él dijo Gracias, excitado como indudablemente estaba bajo su expresión frígida a pesar del pequeño contratiempo mencionado entre la copa y el labio —lo que se cría en las entrañas. Aun así, en cuanto al regreso, tenías suerte si no te soltaban el terrier nada más volver. Luego solía seguir un montón de vacilaciones. Tom a favor y Dick y Harry en contra. Y luego, número uno, te topabas con el hombre que ocupaba el puesto y tenías que presentar tus credenciales, como el pretendiente del caso Tichborne, Roger Charles Tichborne, Bella era el nombre del barco que a su leal saber y entender él, el heredero, tomó, según demostró el testimonio, y había también una marca de tatuaje con tinta china, lord Bellew, ¿era? Como muy bien podría haber recabado los detalles de algún amigote a bordo y luego, una vez arreglado para que coincidiera con la descripción dada, presentarse diciendo: Perdone, me llamo fulano o alguna observación trivial por el estilo. Un procedimiento más prudente, dijo don Bloom al no muy efusivo, de hecho como el distinguido personaje en cuestión a su lado, habría sido sondear primero el terreno.
—Esa perra, esa puta inglesa, acabó con él —comentó el dueño del figón—. Ella le puso el primer clavo en el ataúd.
—Bien hermosa moza de todos modos, la soi-disant secretaria municipal —comentó Henry Campbell—, y con carne de sobra. Le vi la foto en una barbería. El marido era capitán u oficial.
―Ay, Skin-the-Goat —añadió divertidos—. Lo era, y de los de bola de algodón.
Esta contribución gratuita de un personaje jocoso provocó no pocas risas entre su séquito. En cuanto a Bloom, él, sin la más leve sombra de sonrisa, se limitó a mirar en dirección a la puerta y reflexionó sobre la histórica historia que había despertado un interés extraordinario en la época en que los hechos, para empeorar las cosas, se hicieron públicos con las habituales cartas cariñosas que se cruzaban, llenas de fruslerías. Primero, fue estrictamente platónica hasta que la naturaleza intervino y surgió un apego entre ellos, hasta que poco a poco las cosas llegaron a un punto culminante y el asunto se convirtió en el tema del día hasta que el golpe demoledor llegó como una bienvenida información para no pocos malintencionados, sin embargo, que estaban decididos a fomentar su caída, aunque el asunto fuera de dominio público desde el principio, si bien no ni mucho menos a la escala sensacionalista en que posteriormente floreció. Puesto que sus nombres aparecían juntos, eso sí, puesto que él era su favorito declarado, ¿qué necesidad particular había de proclamarlo a los cuatro vientos ante la plebe desde los tejados, a saber, el hecho de que él había compartido su dormitorio, que salió a relucir en el estrado de los testigos bajo juramento cuando un estremecimiento recorrió la abarrotada sala electrizando literalmente a todo el mundo en forma de testigos que juraban haberlo visto en tal o cual fecha concreta en el acto de trepar para salir de un piso superior con la ayuda de una escalera en ropa de dormir, tras haber entrado de la misma manera, un hecho con el que los semanarios, dados a la lubricidad barata, se hartaron de ganar auténticos dinerales. Mientras que el simple hecho del caso era que se trataba sencillamente de un caso en que el marido no daba la talla y no había nada en común entre ellos más allá del apellido y luego un hombre de verdad que llegaba a escena, fuerte hasta el borde de la debilidad, cayendo víctima de sus encantos de sirena y olvidándose de los lazos del hogar. El desenlace habitual: regodearse en las sonrisas del ser amado. La eterna cuestión de la vida conyugal, huelga decirlo, salió a relucir. ¿Puede existir amor verdadero, dado el caso de que haya otro tipo de por medio, entre la gente casada? Aunque no fuera asunto suyo en absoluto si él la miraba con afecto llevado por una ola de locura. Un magnífico espécimen de virilidad era verdaderamente, acrecentado obviamente por dones de alto orden en comparación con el otro supernumerario militar, eso sí (que era el típico individuo corriente de adiós, mi gallardo capitán de los dragones ligeros, los 18 de húsares para ser exactos), e inflamable sin duda (el líder caído, es decir, el otro no) a su manera peculiar que ella por supuesto, mujer, percibió rápidamente como muy probable que se abriera camino hacia la fama, lo cual poco faltó para que lograra hasta que los sacerdotes y ministros del evangelio en su conjunto, sus otrora incondicionales partidarios y sus queridos inquilinos desahuciados por los que había hecho una labor encomiable en las zonas rurales del país tomando partido por ellos de un modo que superó sus más optimistas expectativas, le arruinaron el negocio matrimonial de lo más eficazmente, amontonando así ascuas sobre su cabeza, poco más o menos como la coz del asno de la fábula. Mirando atrás ahora en una especie de disposición retrospectiva, todo parecía una especie de sueño. Y el regreso era lo peor que jamás habías hecho porque huelga decir que te sentirías fuera de lugar ya que las cosas siempre marchaban con los tiempos. Vaya, según reflexionaba, Irishtown Strand, un paraje en el que no había estado desde hacía bastantes años, se veía de algún modo diferente desde que, casualmente, se fue a vivir al lado norte. Norte o sur, sin embargo, era sencillamente el conocido caso de la pasión ardiente, pura y dura, que aguaba la fiesta por todo lo alto y no hacía sino confirmar cabalmente lo que él mismo decía, ya que ella además era española o medio española, tipos que no hacían las cosas a medias, apasionado abandono del sur, arrojando todo jirón de decencia a los cuatro vientos.
―Viene a confirmar lo que yo decía —dijo, con el pecho henchido, dirigiéndose a Stephen—. Y, si no me equivoco mucho, ella era española también.
―La hija del rey de España, contestó Stephen, añadiendo no sé qué monserga algo confusa sobre adiós con el corazón, cebollas españolas, y que la primera tierra se llamaba Cabeza de Muerto y que de la punta de Ram a Scilly había tantos y tantos…
―¿Ah, sí? —exclamó Bloom, sorprendido, aunque de ningún modo asombrado—. Nunca había oído ese rumor antes. Posible, sobre todo estando allí, ya que ella vivía allí. O sea, España.
Evitando con cuidado un libro que llevaba en el bolsillo, Dulces de, lo que por cierto le recordó aquel libro de la biblioteca de la calle Capel vencido, sacó su cartera y, ojeando rápidamente los diversos contenidos, por fin…
—¿Considera usted, a propósito —dijo, seleccionando pensativamente una foto descolorida que dejó sobre la mesa—, que ese es un tipo español?
Stephen, evidentemente aludido, miró la foto que mostraba a una señora de gran tamaño, con sus carnosos encantos ostensiblemente a la vista, ya que estaba en la plenitud de su femineidad, con un vestido de noche escotado de forma ostentosa para la ocasión para ofrecer una generosa muestra de busto, con más que una visión de senos, sus labios carnosos entreabiertos y unos dientes perfectos, de pie, ostensiblemente con gravedad, junto a un piano, en cuyo atriles estaba En el viejo Madrid, una balada, bonita a su manera, que entonces estaba muy de moda. Los ojos de ella (la señora), oscuros, grandes, miraban a Stephen, a punto de sonreír ante algo digno de admiración, siendo Lafayette de la calle Westmoreland, el principal artista fotográfico de Dublín, el responsable de la ejecución estética.
― Mrs Bloom, mi mujer la prima donna , Madam Marion Tweedy —indicó Bloom—. Sacada hace unos años. Por el noventa y seis más o menos. Muy parecida a ella entonces.
Junto al joven también contempló la fotografía de la señora, ahora su esposa legítima, quien, según insinuó, era la talentosa hija del mayor Brian Tweedy y había dado muestras a temprana edad de una notable destreza como cantante, llegando incluso a presentarse en sociedad cuando apenas contaba con los dulces dieciséis años.
En cuanto al rostro, era un retrato viviente en lo que a expresión se refiere, pero no le hacía justicia a su talle, que solía acaparar muchas miradas y que no salía muy bien parado con aquel atuendo. Podría sin dificultad, dijo, haber posado para el conjunto, por no hablar de ciertas curvas opulentas de la…
Se explayó, siendo un aficionado al arte en su tiempo libre, sobre la forma femenina en general desde una perspectiva evolutiva porque, da la casualidad de que, no más tarde de esa tarde, había visto aquellas estatuas griegas, perfectamente desarrolladas como obras de arte, en el Museo Nacional. El mármol podía plasmar la originalidad, los hombros, la espalda, toda la simetría. Todo lo demás, sí, puritanismo. Lo hace, no obstante, la soberana de san José… mientras que ninguna fotografía podía, porque sencillamente no era arte, en una palabra.
El espíritu moviéndole, le habría gustado mucho seguir el buen ejemplo de Jack Tar y dejar allí la efigie por unos pocos minutos para que hablara por sí misma con el pretexto de que él… para que el otro pudiera beberse la belleza por sí mismo, siendo su presencia escénica, francamente, un deleite en sí mismo al que la cámara no le hacía justicia en absoluto.
Pero apenas era etiqueta profesional, así que, aunque era una clase de noche cálida y agradable ahora, pero maravillosamente fresca para la estación teniendo en cuenta, pues sol tras tormenta… Y sí que sintió una especie de necesidad allí mismo de seguir el ejemplo como una especie de voz interior y satisfacer una posible necesidad presentando una moción.
Sin embargo, se quedó bien quieto, limitándose a contemplar la foto ligeramente manoseada arrugada por opulentas curvas, no obstante nada peor por el uso, y apartó la vista pensativamente con la intención de no aumentar más la posible incomodidad del otro mientras calibraba su simetría de palpitante embonpoint.
De hecho, el ligero percudido era solo un encanto añadido, como el caso de la ropa blanca ligeramente sucia, como nueva, mucho mejor, de hecho, sin el almidón. ¿Y si se había ido cuando él?... Busqué la lámpara que ella le dijo vino a su mente pero meramente como un capricho pasajero suyo porque entonces recordó la cama revuelta de la mañana etcétera y el libro sobre Ruby con mangueras de pica a mí ( sic ) en él que debió de haber caído muy apropiadamente al lado del bacinero doméstico con disculpas a Lindley Murray.
La compañía del joven sin duda le agradaba, educado, distingué y hasta impulsivo por añadidura, con mucho el mejor de la pandilla, aunque no lo hubieras creído capaz de algo así... y sin embargo sí.
Además, él había dicho que el cuadro era hermoso, lo cual, digas lo que digas, lo era, aunque en aquel momento ella estuviera claramente más entizada. ¿Y por qué no? Se armaba un barullo espantoso con esa clase de asuntos que acarreaba una tacha de por vida con la habitual página de presentación a toda plana con la misma vieja enredadera matrimonial que aducía conducta indebida con un golfista profesional o la corista más reciente en vez de ir con la verdad por delante y sin tapujos en todo el asunto.
Cómo estaban destinados a encontrarse y surgió un apego entre ambos de modo que sus nombres aparecieron ligados ante la opinión pública se contó en el tribunal con cartas que contenían las habituales expresiones cursis y comprometedoras, sin dejar escapatoria, para demostrar que cohabitaban abiertamente dos o tres veces por semana en algún conocido hotel de la costa y las relaciones, al seguir el asunto su curso normal, se volvieron a su debido tiempo íntimas. Luego la sentencia condicional y el fiscal de la corona para mostrar causa por qué y, al no lograr él anularla, la condicional se hizo firme. Pero en cuanto a eso, los dos transgresores, entregados como estaban en gran medida el uno al otro, podían permitirse con seguridad ignorarlo como en gran medida lo hicieron hasta que el asunto se puso en manos de un procurador, que presentó a su debido tiempo una demanda en nombre de la parte agraviada.
Él, Bloom, gozó de la distinción de estar cerca en persona del rey sin corona de Erin cuando ocurrió aquello en el histórico altercado cuando los fieles lugartenientes del caído líder —que como es sabido se mantuvo en sus trece hasta la última gota aun cuando iba revestido con el manto del adulterio— (del líder) en número de diez o doce o posiblemente incluso más que eso penetraron en los talleres de imprenta de El Inprimible o no, era Irlanda Unida (un apelativo de ningún modo, a propósito, apropiado) y destrozaron las cajas de tipos con martillos o algo por el estilo todo a causa de unos libelos escabrosos salidos de las plumas fáciles de los escribas o’brienitas en la habitual tarea de tirarse barro, que difamaban la moralidad privada del otrora tribuno.
Aunque a las claras era un hombre radicalmente cambiado, seguía siendo una figura imponente, aunque vestido con descuido como de costumbre, con esa mirada de propósito firme que convencía a los indecisos hasta que descubrían para su gran desasosiego que su ídolo tenía pies de barro, después de haberlo colocado en un pedestal, lo cual ella, sin embargo, fue la primera en percibir.
Como aquellos fueron tiempos especialmente caldeados en medio de la gritería general, Bloom sufrió una lesión leve por un codazo desagradable de algún tipo en la multitud que por supuesto se agolpaba y que fue a darle más o menos en la boca del estómago, por fortuna sin revestir gravedad.
Su sombrero (el de Parnell) fue derribado por inadvertencia y, hablando estrictamente de historia, Bloom fue el hombre que lo recogió en la apretura tras presenciar el suceso con la intención de devolvérselo (y se lo devolvió con la mayor celeridad) a él, que, jadeante y sin sombrero y con los pensamientos a millas de distancia de su sombrero en aquel momento, siendo un caballero de cuna con intereses en el país, el cual, a decir verdad, se había metido en aquello más por el qué dirán que por otra cosa, lo que se lleva en la sangre, inculcado en su infancia a los pechos de su madre en forma de saber lo que eran las buenas maneras, brotó de inmediato porque se volvió hacia el donante y le dio las gracias con perfecto aplomo, diciendo:
Gracias, caballero
aunque en un tono de voz muy diferente al del ornamento de la profesión jurídica cuyo sombrero Bloom también le había enderezado antes ese mismo día, repitiéndose la historia con variantes, tras el entierro de un amigo común cuando lo habían dejado a solas en su gloria después de la sombría tarea de haber confiado sus restos a la tumba.
Por otra parte, lo que más le indignaba por dentro eran las descaradas bromas de los cocheros y demás, que se tomaban todo a coña, riéndose sin medida, fingiendo comprenderlo todo, el porqué y el porquén, y en realidad sin saber ni lo que se pescaban, tratándose de un asunto exclusivo de los dos interesados, a menos que se diese la circunstancia de que el legítimo esposo fuera parte afectada debido a alguna carta anónima del habitual muchacho Jones, que casualmente se los había topado en el momento crucial en una postura amorosa, estrechamenteabrazados, llamando la atención sobre sus ilícitos procederes y conduciendo a un escándalo doméstico y a la descarriada damisela pidiendo perdón de rodillas a su señor y amo y prometiendo cortar la relación y no volver a recibir sus visitas con tal de que el ofendido marido pasara por alto el asunto y echara tierra al asunto, con lágrimas en los ojos, aunque posiblemente con la lengua en la delicada mejilla al mismo tiempo, ya que con toda probabilidad había varios más.
Él personalmente, al ser de natural escéptico, creía, y no se cortaba lo más mínimo en decirlo, que el hombre, o los hombres en plural, siempre andaban rondando en lista de espera en torno a una dama, aun suponiendo que fuera la mejor esposa del mundo y que se llevaran bastante bien por mor del argumento, cuando, descuidando sus deberes, le daba por hartarse de la vida conyugal y le apetecía un pequeño revolcón de libertinaje educado para insistir en sus atenciones con torcidas intenciones, siendo el resultado final que sus afectos se centraban en otro, causa de tantos devaneos entre mujeres casadas aún atractivas que rondaban los cuarenta y hombres más jóvenes, como sin duda probaban hasta la saciedad varios casos famosos de encaprichamiento femenino.
Era una lástima redonda que un joven dotado de una buena ración de sesos, como su prójimo era evidente que estaba, malgastara su valioso tiempo con mujeres licenciosas, que bien podían regalarle una bonita dosis que le durara toda la vida.
En la índole de la soltería dichosa, un día se buscaría una esposa cuando la señorita ideal apareciera en escena, pero entretanto la compañía de las damas era una conditio sine qua non, aunque albergaba las más graves dudas posibles —no es que quisiera lo más mínimo sonsacarle a Stephen acerca de la señorita Ferguson (quien muy posiblemente era la estrella polar particular que lo traía por Irishtown tan temprano por la mañana)— sobre si hallaría mucha satisfacción recreándose en la idea del flirteo de chicos y chicas y en la compañía de señoritas sonrientes sin un céntimo en el bolsillo dos o tres veces por semana, con el preliminar y ortodoxo galope de cortesía y paseítos que desemboca en las maneras de los tiernos amantes y las flores y los bombones.
Pensar en él sin hogar ni casa, desplumado por una patrona peor que cualquier madrastra, era verdaderamente el colmo a su edad. Las cosas peregrinas que soltaba de pronto atraían al hombre maduro, que era varios años mayor que el otro o como su padre.
Pero algo sustancioso debería comer sin falta, aunque no fuera más que un ponche de huevo hecho con puro alimento maternal o, a falta de este, el casero Huevo Duro cocido.
—¿A qué hora comió usted? —le preguntó a la esbelta figura y al rostro cansado aunque sin arrugas.
—En algún momento de ayer —dijo Stephen.
—Ayer —exclamó Bloom hasta que recordó que ya era mañana, viernes—. ¡Ah, te refieres a que ya ha pasado la medianoche!
―Anteayer, dijo Stephen, superándose a sí mismo.
Literalmente estupefacto ante semejante prenda de inteligencia, reflexionó Bloom. Aunque no comulgaban exactamente en todo, existía de algún modo cierta analogía, como si ambas mentes viajaran, por decirlo así, en el mismo tren de pensamiento.
A su edad, cuando andaba metido en política más o menos cosa de una veintena de años atrás, cuando había sido un aspirante a honores parlamentarios en los tiempos de Buckshot Foster, él también recordaba en retrospectiva (lo cual constituía de por sí una fuente de viva satisfacción) que sentía una secreta debilidad por esas mismas ideas extremas.
Por ejemplo, cuando la cuestión de los inquilinos desahuciados, por entonces en sus albores, ocupaba un lugar primordial en la mente de la gente, aunque, huelga decirlo, sin aportar un céntimo ni depositar su ciega fe en sus postulados —algunos de los cuales hacían aguas por todas partes—, él de entrada, en principio, al menos, simpatizaba plenamente con la posesión campesina por expresar la tendencia de la opinión moderna; una parcialidad, no obstante, de la que, al percatarse de su error, se curó posteriormente en parte, e incluso le afeaban haber ido un paso más allá de Michael Davitt por las impactantes opiniones que en su día inculcó como partidario del retorno a la tierra, lo cual era uno de los motivos por los que le había soliviantado tanto la indirecta que le lanzaron de un modo tan descarado en el aquelarre de los clanes en el local de Barney Kiernan, de modo que él, aunque a menudo harto incomprendido y siendo el menos pugnaz de los mortales, huelga repetirlo, se apartó de su costumbre para arrearle (metafóricamente) un puñetazo en el coleto; si bien, en lo que respecta a la política misma, era de más de sobra consciente de las bajas que invariablemente acarreaban la propaganda y las muestras de enemistad mutua, y de la miseria y el sufrimiento que ello conllevaba de antemano para los buenos mozos, principalmente, la destrucción de los más aptos, en una palabra.
De todos modos, sopesando los pros y los contras, dado que ya rozaba la una, ya era hora de retirarse a dormir. El quid era que resultaba un tanto arriesgado llevarlo a casa, ya que podían sobrevenir eventualidades (teniendo ella a veces un carácter de mil demonios) y echarlo todo a perder por completo, tal como la noche en que llevó a casa por equivocación un perro (de raza desconocida) con una pata coja —sin que los casos fueran idénticos ni lo contrario, aunque también se había lastimado la mano— a Ontario Terrace, según recordaba muy claramente, habiendo estado allí, por decirlo así. Por otra parte, era con mucho y de sobra demasiado tarde para la sugerencia de Sandymount o Sandycove, de modo que se hallaba en cierta perplejidad acerca de cuál de las dos alternativas… Todo apuntaba al hecho de que le incumbía aprovechar plenamente la oportunidad, bien mirado. Su impresión inicial fue que era un tanto distante o no demasiado efusivo, pero de algún modo le fue cayendo bien. Por lo pronto, cabía la posibilidad de que no aceptara la idea por decirlo así de inmediato, en caso de ser abordado, y lo que sobre todo le preocupaba era que no sabía cómo introducir el tema ni cómo formularlo exactamente, suponiendo que él acogiera la propuesta, ya que le produciría un grandísimo placer personal que le permitiera ayudarle a ganarse unas monedas o con algo de ropa, si se encontraba adecuada. A fin de cuentas, concluyó zanjando el asunto —prescindiendo por el momento del encorsetado precedente—: una taza de cacao Epps y un lecho improvisado para pasar la noche, además del uso de una o dos mantas y un abrigo doblado a modo de almohada. Al menos estaría en buenas manos y tan calentito como un torrezno en la parrilla. No alcanzaba a ver ningún mal de gran envergadura en todo ello, siempre con la salvedad de que no se armara ningún escándalo de ninguna especie. Había que hacer un movimiento, porque esa alegre alma de cántaro, el susodicho viudo de paja, que parecía pegado al sitio, no mostraba prisa particular por emprender el camino de vuelta a su muy amada Queenstown, y era muy probable que el prostíbulo de algún parásito lleno de glorias pasadas por la zona de Sheriff Street Lower fuera la mejor pista sobre el paradero de aquel personaje equívoco durante unos cuantos días, poniendo a prueba los sentimientos de aquellas (las sirenas) con anécdotas de revólveres de seis tiros rayando en lo tropical, calculadas para helar la médula de los huesos de cualquiera, y manoseando entretanto sus encantos de gran tamaño con rudo y toscano entusiasmo, al son de generosos tragos de potxín y la habitual labia sobre su propia persona, pues en cuanto a quién era él en realidad, que XX equivalga a mi verdadero nombre y dirección, como señala el señor Álgebra passim. Al mismo tiempo, se rió para sus adentros con socarronería por su réplica al campeón de sangre y ojalá sobre que su Dios era judío. La gente podía soportar que la mordiera un lobo, pero lo que de verdad los encrespaba era el mordisco de una oveja. El punto más vulnerable también del tierno Aquiles: su Dios era judío, porque por lo general parecían imaginarse que venía de Carrick-on-Shannon o de algún lugar por el estilo en el condado de Sligo.
—Le propongo, sugirió por fin nuestro héroe tras una madura reflexión, mientras se guardaba prudentemente la foto en el bolsillo, ya que aquí hace bastante calor, que venga simplemente a mi casa y lo hablemos. Mis aposentos están muy cerca de aquí. No se puede beber esa porquería. Espere, voy a pagarle a esta gente.
Siendo el mejor plan, claramente, hacer borrón y cuenta nueva, y el resto ir sobre ruedas, hizo una seña, mientras se guardaba prudentemente la foto en el bolsillo, al guardián, de la choza, que no parecía…
―Sí, eso es lo mejor, le aseguró a Stephen, para quien, a fin de cuentas, la Cabeza de Bronce o él o cualquier otro sitio era más o menos…
Toda clase de planes utópicos cruzaban velozmente por su (de Bloom) atareado cerebro. Educación (de la buena), literatura, periodismo, suculentos premios, cartelería moderna, balnearios y giras de conciertos en centros de veraneo ingleses abarrotados de teatros, rechazando gente por falta de espacio, dúos en italiano con el acento perfectamente natural y un montón de cosas más, sin necesidad por supuesto de decírselo a los cuatro vientos al mundo y a su esposa y una miaja de suerte. Una oportunidad era todo lo que hacía falta. Porque sospechaba fundadamente que tenía la voz de su padre para basar en ella sus esperanzas, lo cual era muy probable que tuviera, así que estaría bien, por cierto sin hacer daño, encaminar la conversación en la dirección de esa particular pista falsa solo para...
El taxista leyó en un periódico que había conseguido que el antiguo virrey, el conde Cadogan, había presidido una cena de la asociación de taxistas en Londres en alguna parte.
Un silencio con un bostezo que otro acompañó este emocionante anuncio.
Luego el viejo espécimen del rincón que parecía conservar alguna chispa de vitalidad leyó que sir Anthony MacDonnell había salido de Euston rumbo al pabellón del secretario principal o palabras en ese sentido.
A esta absorbente pieza de información el eco respondió por qué.
—Échanos un vistazo a esa literatura, abuelo —terció el viejo marinero, manifestando cierta impaciencia natural.
—Y bienvenido —contestó el anciano caballero así aludido.
El marinero sacó de una caja un par de gafas verdosas que se colocó muy lentamente sobre la nariz y ambas orejas.
―¿Estás mal de la vista? ―preguntó el personaje comprensivo parecido al secretario municipal.
—Pues, respondió el marinero de barba tartán, que al parecer era un tipo con inquietudes literarias a su manera, mirando fijamente por ojitos de buey verde mar como muy bien se podría decir que eran, yo uso gafas para leer. La arena del Mar Rojo me dejó así. Una vez podía leer un libro en la oscuridad, por decirlo de alguna manera, Las mil y una noches era mi favorito y Roja como una rosa es ella.
A continuación escarbaron en el periódico y se divirtieron con Dios sabe qué, un ahogado o las hazañas del rey Sauce, habiendo hecho Iremonger ciento y pico wickets sin ser eliminado para los Notts, durante cuyo tiempo (haciendo caso omiso de Ire) el guardameta se dedicaba intensamente a aflojarse una bota aparentemente nueva o de segunda mano que de forma evidente le apretaba, mientras maldecía contra quien fuera que se la hubiese vendido, todos aquellos que estaban lo suficientemente despiertos como para distinguirlos por sus expresiones faciales, es decir, limitándose a mirar con melancolía o a hacer algún comentario trivial.
Para abreviar la historia Bloom, comprendiendo la situación, fue el primero en ponerse en pie para no prolongar más de la cuenta su visita tras haber tomado ante todo, cumpliendo su palabra de que correría con los gastos de la ocasión, la prudente precaución de hacerle a hurtadillas al patrón a modo de tiro de despedida una señal apenas perceptible cuando los otros no miraban en el sentido de que la suma adeudada estaba en camino, sumando un total de cuatro peniques (la cantidad que depositó discretamente en cuatro monedas de cobre, literalmente el último de los mohicanos) tras haber descubierto previamente en la lista de precios impresa para que la leyera todo el que pasara frente a él en cifras inequívocas, café 2 d., repostería ídem, y honradamente bien pagado por duplicado de vez en cuando, como solía comentar Wetherup.
—Ven —aconsejó—, para dar por terminada la sesión.
Al ver que la estratagema había dado resultado y que la costa estaba despejada, salieron juntos del refugio o chabola y la selecta sociedad de hule y compañía a la que ni un terremoto habría sacado de su dolce far niente. Stephen, que confesó seguir sintiéndose indispuesto y hecho polvo, se detuvo un momento en el, para… la puerta de…
―Una cosa que nunca he entendido —dijo, intentando ser original sobre la marcha—, por qué ponen las mesas boca abajo por noche, digo las sillas boca abajo sobre las mesas en los cafés.
A lo cual el infalible Bloom replicó sin vacilar un solo instante, respondiendo de inmediato:
―Barrer el suelo por la mañana.
Diciendo esto, dio un saltito con agilidad, considerando francamente, al mismo tiempo que con aire apologético, ponerse a la derecha de su compañero, una costumbre suya, a propósito, siendo el lado derecho, en el modismo clásico, su talón de Aquiles.
El aire de la noche era sin duda ahora una delicia de respirar, aunque Stephen estaba un poco flojo de piernas.
―Le sentará bien (el aire), dijo Bloom, refiriéndose también al paseo, en un momento. Lo único es caminar, entonces se sentirá como otro hombre. No está lejos. Apóyese en mí.
En consecuencia, pasó su brazo izquierdo por el derecho de Stephen y continuó guiándolo en consecuencia.
—Sí —dijo Stephen con inseguridad, porque creyó sentir que una extraña clase de carne de otro hombre se le acercaba, sin nervios y fofa y todo eso.
Sea como fuere, pasaron la garita con piedras, brasero, etc., donde el supernumerario municipal, ex-Gumley, seguía a todos los efectos en brazos de Morfeo, como reza el dicho, soñando con nuevos campos y prados.
Y a propósito del féretro de piedras, la analogía no era nada mala, ya que se trataba de hecho de una lapidación por parte de setenta y dos de los ochenta y tantos distritos electorales que se desmandaron en la época de la escisión y principalmente la tan ensalzada clase campesina, probablemente los mismísimos inquilinos desahuciados a los que él había reinstalado en sus fincas.
Así pasaron a charlar de música, una forma de arte por la cual Bloom, como puro aficionado, sentía el mayor amor, mientras avanzaban del brazo por Beresford Place.
La música wagneriana, aunque ciertamente grandiosa a su manera, le resultaba a Bloom un poco demasiado pesada y difícil de seguir a la primera, pero con la música de Los hugonotes de Mercadante, las Siete últimas palabras de Cristo en la cruz de Meyerbeer y la Duodécima misa de Mozart, sencillamente se deleitaba, siendo el Gloria de esta última, a su entender, la cúspide de la música de primera clase como tal, dejando literalmente a todo lo demás a la altura del betún.
Prefería con creces la música sacra de la iglesia católica a cualquier cosa que la competencia pudiera ofrecer en ese ramo, como esos himnos de Moody y Sankey o Bid me to live and I will live thy protestant to be. Tampoco cedía ante nadie en su admiración por el Stabat Mater de Rossini, una obra que sencillamente abunda en números inmortales, en el cual su esposa, la señora Marion Tweedy, causó furor, una auténtica sensación, podría decir con seguridad, añadiendo grandes laureles a los suyos y dejando a los demás totalmente a la sombra en la iglesia de los padres jesuitas de Upper Gardiner Street, estando el sagrado recinto abarrotado hasta los topes para escucharla con virtuosos, o mejor dicho, virtuosi.
Reinaba la opinión unánime de que no había nadie que se le pudiera comparar y, bástenos decir que en un lugar de culto para música de carácter sacro, hubo un deseo unánime de que la bisaran.
En conjunto, aunque prefería la ópera ligera del estilo de Don Giovanni, y Martha, una joya en su género, sentía debilidad, aunque con un conocimiento superficial, por la severa escuela clásica, como Mendelssohn. Y a propósito de eso, dando por sentado que él lo sabía todo sobre los viejos favoritos, mencionó par excellence el aria de Lionel en Martha, M'appari, que, curiosamente, escuchó, o más bien oyó por casualidad, para ser más exactos, ayer, un privilegio que apreció profundamente, de los labios del respetado padre de Stephen, cantada a la perfección; un estudio de dicho número, de hecho, que hacía pasar a todos los demás a un segundo plano.
Stephen, en respuesta a una pregunta formulada educadamente, dijo que no, pero se explayó en alabanzas a las canciones de Shakespeare, al menos de más o menos esa época, del laudista Dowland, que vivía en Fetter Lane cerca del herborista Gerard, que anno ludendo hausi, Doulandus, un instrumento que estaba considerando comprarle al señor Arnold Dolmetsch —de quien Bloom no se acordaba del todo, aunque el nombre le sonaba sin duda— por sesenta y cinco guineas, y Farnaby e hijo con sus ocurrencias de dux y comes y Byrd (William), que tocaba las virginales, según dijo, en la Capilla de la Reina o dondequiera que las encontrase, y un tal Tomkins, que hacía juguetes o aires, y John Bull.
En la calzada a la que se iban aproximando mientras aún hablaban más allá de la cadena oscilante, un caballo, que arrastraba una barredora, marchaba al paso sobre el suelo adoquinado, barriendo una larga franja de lodo hacia arriba, de modo que con el ruido Bloom no estaba del todo seguro de haber pillado bien la alusión a sesenta y cinco guineas y a John Bull.
Inquirió si se trataba de John Bull, la celebridad política de ese pelaje, ya que le llamaba la atención, al tratarse de dos nombres idénticos, como una coincidencia llamativa.
Por las cadenas, el caballo viró lentamente para girar, lo cual al percibirlo, Bloom, que estaba muy atento como de costumbre, tiró suavemente de la manga del otro, comentando con jovialidad:
—Nuestras vidas corren peligro esta noche. Cuidado con la apisonadora.
Se detuvieron a continuación. Bloom miró la cabeza de un caballo que ni de lejos valía sesenta y cinco guineas, de repente puesta de manifiesto en la oscuridad muy cerca, de modo que parecía nueva, una agrupación diferente de huesos y hasta de carne, porque de forma palpable era un andador, un caderas, un nalganegra, un cuelgacola, un cabizbajo, que adelantaba la pata trasera mientras el señor de la creación se sentaba en el pescante, ocupado en sus pensamientos.
Pero era tan buen pobre bruto, sentía no llevar un terrón de azúcar pero, como reflexionó con acierto, difícilmente se podía estar preparado para cualquier imprevisto que pudiera surgir. Era simplemente una gran bestia tonta, nerviosa y fofa, sin otra preocupación en el mundo.
Pero incluso un perro, reflexionó, cojan a ese chucho del local de Barney Kiernan, del mismo tamaño, sería un auténtico suplicio encararlo. Pero no era culpa de ningún animal en particular si estaba hecho de ese modo como el camello, nave del desierto, que destila uvas en aguardiente en su joroba.
Nueve décimas partes de todos ellos podían ser enjauladas o amaestradas, nada fuera del alcance del arte del hombre salvo las abejas; una ballena con horquilla de arpón, un caimán, hazle cosquillas en los riñones y le parece gracioso; pinta un círculo con tiza a un gallo; un tigre, ¡mis cojones!
Estas oportunas reflexiones tocantes a las bestias del campo ocuparon su mente, algo distraída de las palabras de Stephen, mientras la nave de la calle estaba maniobrando y Stephen seguía hablando del interesantísimo viejo …
—¿Qué es lo que estaba diciendo? ¡Ah, sí! Mi esposa —insinuó, lanzándose in medias res— tendría muchísimo gusto en hacer su conocimiento, ya que le apasiona la música de cualquier índole.
Miró de soslayo y con aire amistoso el perfil de Stephen, imagen de su madre, que no era del todo el habitual tipo de granuja por el que indudablemente sentían una debilidad incuestionable, ya que tal vez él no estaba hecho de esa pasta.
Aun así, suponiendo que tuviera el don de su padre, como más que sospechaba, aquello le abría nuevas perspectivas en la mente, como el concierto de industrias irlandesas de Lady Fingall el lunes anterior, y la aristocracia en general.
Exquisitas variaciones iba describiendo ahora sobre un aire Youth here has End de Jan Pieterszoon Sweelinck, un holandés de Ámsterdam, de donde son las mozas. Aún le gustaba más una vieja canción alemana de Johannes Jeep sobre el mar claro y las voces de las sirenas, dulces asesinas de hombres, lo que despistó un poco a Bloom:
Von der Sirenen Listigkeit Tun die Poeten dichten.
Estos compases iniciales los cantó y tradujo improvisando.
Bloom, asintiendo, dijo que lo comprendía perfectamente y le rogó que continuara a toda costa, lo cual hizo.
Una voz de tenor tan fenomenalmente hermosa, la más rara de las bendiciones, que Bloom apreció desde la mismísima primera nota que emitió, podría fácilmente, de ser manejada adecuadamente por alguna autoridad reconocida en la técnica vocal como Barraclough y teniendo además la capacidad de leer música, exigir el precio que quisiera en un mercado donde los barítonos se conseguían a patadas y procurarle a su afortunado poseedor en un futuro cercano una entrada en casas distinguidas de los mejores barrios residenciales de magnates financieros con negocios a gran escala y gente con título donde, con su título universitario de licenciado en artes (un gran gancho a su manera) y su porte caballeroso para influir aún más en la buena impresión que infaliblemente se anotaría un rotundo éxito, estando dotado de un cerebro que también podía utilizarse para tal fin y otros requisitos, si se cuidaba debidamente su ropa, como para congraciarse mejor con ellos, ya que él, un joven novato en las sutilezas sartoriales de la sociedad, apenas comprendía cómo un detalle tan insignificante podía obrar en su contra. Era de hecho cuestión de meses nada más y podía prever fácilmente que participaría en sus conversaziones musicales y artísticas durante las festividades de la temporada navideña, para empezar, provocando un ligero revuelo en los palomares del bello sexo y siendo agasajado por damas ávidas de emociones fuertes, casos de los cuales, según le constaba, había antecedentes; de hecho, sin ir más lejos, él mismo en otros tiempos, de haberlo querido, fácilmente habría podido… A lo que se añadiría, por supuesto, el emolumento pecuniario, nada desdeñable, que iría de la mano de sus honorarios por enseñanza. No porque, añadía entre paréntesis, por amor al vil metal tuviera necesariamente que abrazar la tarima lírica como profesión durante un período prolongado, pero constituía un paso en la dirección requerida, indudablemente, y tanto en el aspecto monetario como en el mental no menoscababa lo más mínimo su dignidad y a menudo resultaba sumamente práctico recibir un cheque en un momento de necesidad acuciante en que cada grano ayuda. Además, aunque el gusto últimamente se había deteriorado hasta cierto punto, una música original como aquella, distinta de la rutina convencional, adquiriría rápidamente un gran auge, ya que supondría una absoluta novedad para el mundo musical de Dublín tras la serie habitual y trillada de pegadizas aulas de tenor endilgadas a un público confiado por Ivan St. Austell y Hilton St. Just y su genus omne. Sí, sin la más mínima sombra de duda, él podría, con todas las cartas en su mano y teniendo una magnífica oportunidad para labrarse un nombre y conquistar un lugar destacado en la estima de la ciudad donde podría exigir una suma considerable y, anticipándose, ofrecer un gran concierto para los mecenas de la casa de King Street, siempre que contara con un patrocinador, si aparecía alguien que lo empujara hacia arriba, por decirlo así —un gran "si", sin embargo—, con algún impulso de tipo emprendedor que evitara la inevitable procrastinación que a menudo hacía tropezar a un príncipe de los buenos muchachos tan festejado y sin que eso restara un ápice a lo otro ya que, siendo dueño de su tiempo, tendría montones de ratos libres para practicar la literatura en sus horas de ocio cuando así lo deseara sin que ello chocara con su carrera vocal ni entrañara nada denigrante en absoluto, por tratarse de un asunto que solo a él le incumbía. De hecho, tenía el mundo a sus pies y esa era la razón exacta por la que el otro, dotado de un olfato sumamente agudo para olerse la tostada fuera de la índole que fuese, no se le despegaba ni a sol ni a sombra.
El caballo en aquel preciso momento… y más adelante, en una ocasión propicia, se proponía (Bloom), sin inmiscuirse en sus asuntos privados en virtud de que los necios entran donde los ángeles temen, aconsejarle que rompiera su relación con un cierto médico en ciernes, el cual, según había notado, era propenso a menospreciar, e incluso, en ligera medida, con algún pretexto hilarante, cuando no estaba presente, a denigrarlo, o como quiera llamarse, lo cual, en la humilde opinión de Bloom, proyectaba una desagradable luz lateral sobre esa faceta del carácter de una persona —sin ánimo de hacer ningún juego de palabras—.
El caballo, habiendo llegado, por decirlo así, al final de su cuerda, se detuvo y, levantando en alto una orgullosa cola emplumada, aportó su granito de arena al dejar caer al suelo —que la escoba pronto barrería y lustraría— tres humeantes esferas de boñiga.
Lentamente, tres veces, una tras otra, desde una grupa henchida, defecó. Y humanamente su cochero esperó hasta que él (o ella) hubo terminado, paciente en su carro de guadañas.
Codo a codo Bloom, aprovechando el contratiempo, con Stephen pasaron por la brecha de las cadenas, divididos por el poste vertical, y, saltando por encima de un cordón de cieno, cruzaron hacia la calle Gardiner baja, cantando Stephen con más osadía, pero no en voz alta, el final de la balada:
Und alle Schiffe brücken.
El cochero no dijo una sola palabra, ni buena, ni mala, ni indiferente. Se limitó a mirar a las dos figuras, sentado en su coche de respaldo bajo, ambas negras —una llena, otra flaca—, caminar hacia el puente del ferrocarril, para ser casados por el padre Maher . Mientras caminaban, a veces se detenían y volvían a caminar, prosiguiendo su tête-à-tête (del que por supuesto él quedaba por completo excluido), acerca de sirenas, enemigas de la razón del hombre, mezclado con una serie de otros temas de la misma categoría, usurpadores, casos históricos del género, mientras el hombre en el carro barrendero o bien se le podría llamar en el carro dormilón que en todo caso no podía oír de ningún modo porque estaban demasiado lejos simplemente se sentaba en su asiento cerca del final de Lower Gardiner Street y miraba en dirección a su coche de respaldo bajo .